«Copiar el discurso de la ultraderecha solo beneficia a la ultraderecha». Entrevista a Franco Delle Donne
El autor de "Epidemia ultra" nos explica por qué el auge de la extrema derecha no puede entenderse sin la ruptura del consenso democrático. Una entrevista de Cristina Juesas y Xavier Peytibi.
Franco Delle Donne (web) es doctor en Comunicación por la Freie Universität Berlin y máster en Democracia y Gobierno por la Universidad Autónoma de Madrid. Especializado en el estudio de la ultraderecha, los autoritarismos y la comunicación política, investiga actualmente en la Werkstatt für Sozialforschung de Berlín. Es autor del ensayo Epidemia ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo (Península, noviembre de 2025), en el que analiza la evolución global de la extrema derecha contemporánea y las claves de su expansión política y cultural.
Delle Donne es además creador de Epidemia Ultra, un proyecto de divulgación y análisis de estudios dedicado a explicar el pensamiento, las estrategias y la difusión internacional de la derecha radical, así como director de la productora Rombo Podcasts, especializada en contenidos políticos y divulgativos. Colabora regularmente con medios como El Orden Mundial y eldiario.es.
Junto a Cristina Juesas, le preguntamos por este último libro y por otras reflexiones:
En tu libro analizas cómo los partidos tradicionales intentan aislar a la extrema derecha. Viendo la evolución en Europa y Latinoamérica, ¿crees que ese cordón sanitario ha fracasado porque los partidos tradicionales han terminado adoptando los marcos mentales de los ultras para intentar recuperar votos?
Si lo llevamos al plano político y solamente hablamos de pactos y de coaliciones que se puedan formar entre partidos tradicionales y partidos de extrema derecha, evidentemente ha habido partidos que han asumido la idea de que copiar el discurso de la ultraderecha le podría traer beneficios. Ahora bien, está ampliamente estudiado y comprobado de que no es así, sino que los únicos beneficiados de este tipo de de acción o de estrategia son los partidos de derecha radical, de ultraderecha. Y además lo que genera es un cambio social en el cual la agenda ultraderechista termina obteniendo el consenso. Y esa creo que es la mayor victoria de este tipo de partidos. De cualquier manera, el cordón sanitario es algo complicado de hacer porque en realidad no funciona solamente con las fuerzas políticas, sino que tienen que participar otros actores relevantes del espacio público, por ejemplo, los medios de comunicación. Y esto es algo bastante difícil. Primero, por la propia lógica de los medios, que tal vez apelando a un clickbait o a un interés de informar de noticias espectaculares, hasta cierto punto han funcionado como altavoces de discursos de la derecha radical, y en otros casos también han funcionado como elementos constitutivos, digamos, de ese discurso, puesto que medios de comunicación, algunos históricos y algunos creados ad hoc, han ayudado a la difusión de esas ideas y comulgan con esas ideas. Pero más allá de eso, también tenemos el problema de crear un cordón sanitario en un ecosistema comunicativo donde hay redes sociales, medios alternativos y formas de transmitir contenidos a la población sin utilizar esos filtros propios de los medios de antaño.
Si la comunicación política actual, como indicas en Epidemia ultra, ya no trata de convencer con datos, sino de confirmar identidades previas, ¿hay algún espacio para la moderación, o estamos condenados a una política de “trincheras” donde el adversario es siempre un enemigo existencial?
Yo creo que lo importante tal vez no es que no hagan falta más los datos, sino que a lo mejor hay que construir nuevas formas de contar esos datos, nuevas formas de contar identidades, nuevas formas de contar valores políticos. Creo que esa es la única forma que tenemos para, de alguna manera, disponer de una suerte de estrategia frente a una narrativa que profundiza en la polarización extrema. Es difícil, y creo que la única forma de que funcione es que lo entendamos desde diferentes niveles y en diferentes direcciones. Es decir, no se trata solo de los partidos o las élites, bajando un mensaje a la ciudadanía, sino también desde abajo. Y eso es un poco también lo que cuento en el libro cuando hablo de pensar en la otra persona no como en el enemigo que vota a ese partido, sino tal vez como alguien que piensa diferente pero con el cual podemos llegar a compartir ciertos valores. Encontrar esos valores y aprovechar eso para establecer un diálogo posiblemente nos ayude a a cambiar un poco ese panorama.
¿Cómo se combate una epidemia que no es global, sino que se inocula de forma quirúrgica a través de la microsegmentación en redes sociales, donde cada votante recibe un “virus” diseñado específicamente para sus miedos particulares?
Creo que esa es la una de las grandes ventajas de este tipo de partidos. Y es que en gran parte (no todos, pero en gran parte) han profesionalizado su comunicación, han entendido cómo funcionan las plataformas de redes sociales y también han entendido (o mejor dicho, se han beneficiado) de que esas plataformas premian ese discurso combativo que genera interacciones a partir del rechazo o la afección hacia él. La forma de combatirlo tiene que ver, por un lado, tratando de entender cómo funcionan esa plataformas, estableciendo una estrategia que, sin apelar a la polarización, pueda sacar cierto provecho de ese algoritmo. Hay que asumir también que las redes están cumpliendo un rol que impacta en una una sociedad y que, por tanto, a partir de ciertas regulaciones debería haber la posibilidad de establecer ciertos límites. Creo que igualmente es muy difícil y dudo que seamos capaces, al menos yo en este momento, de encontrar una solución final.
¿Existe una “vacuna” narrativa? Una vez que el discurso del odio y la desinformación se normalizan en el debate público, ¿es reversible? ¿Has identificado algún caso de éxito donde una narrativa democrática haya logrado “desinfectar” un espacio público ya contagiado por el populismo ultra? ¿Y, si es así, cómo lo ha hecho?
Lamentablemente debo decirte que no. Puede haber casos puntuales donde hay ciertas posiciones (si se quiere progresistas o diferentes hacia la ultraderecha) que han logrado no caer en la mayor trampa que es copiar el discurso de la ultraderecha. Fue el caso del este de Alemania, en 2019, donde la ultraderecha es muy fuerte. La Unión Demócrata Cristiana logró un muy buen resultado en una región en donde ahora la ultraderecha tiene un 40% de voto, pero en ese momento no era así y le fue muy bien contra contra todo pronóstico, porque ese partido Demócrata Cristiano mantuvo su propia agenda, mantuvo sus propios valores de derechas y conservadores, sin caer en la agenda ultraderechista. También podría hacerlo la izquierda, si abandona un discurso elitista y se acerca a aquellas personas o grupos que manifiestan estar en una situación de marginalidad o de exclusión, o no escuchados por la política actual. Ahora bien, la receta o un elemento concreto que sirva de contranarrativa no lo veo tan claro y no creo ni siquiera que estemos cerca de de ir construyendo ese tipo de relato. Siento mucho ser tan pesimista.
Siguiendo con la metáfora de la epidemia. En tu opinión, ¿Quién sería el paciente cero en la mayoría de países? ¿Un líder fuerte, la prensa, las redes…?
No sé si llamarle paciente cero, pero el gran problema en general o el denominador común que he encontrado en prácticamente el cien por cien de los casos es la desconfianza en el sistema. En particular, la crisis de los partidos tradicionales y el desencantamiento con la política en general. Como consecuencia directa de eso está la definición de democracia como “herramienta” y no como forma de vida y como sistema de valores que nos ayudan a vivir en sociedad y a resolver conflictos sin matarnos o sin eliminar al que piensa diferente. Entonces, la democracia se redefine por parte de sectores muy antisistema al plantear la idea de que es una herramienta que, si no nos da soluciones, hay que cambiarla por otra herramienta. Lo que ha generado es una grieta y una disrupción bastante importante en un consenso en el que creíamos, al menos en algunos países, absolutamente ratificado y que ahora está en discusión. Y ese es un problema bastante grande.
La extrema derecha ha pasado de ser percibida como algo ‘casposo’ o del pasado a ser vista como una fuerza transgresora y rebelde entre los jóvenes. ¿En qué momento la rebeldía dejó de ser patrimonio de la izquierda para ser capitalizada por estos movimientos, y qué papel juega la estética streamer o gymbros o cryptobros en este cambio de bando?
La ultra derecha, al tener este componente populista en el cual se diferencia una suerte de élite alejada de los intereses del pueblo (el cual está sufriendo y al que nadie escucha), lo que ha conseguido es presentarse a sí mismo como elemento disruptivo y diferente del mainstream. Entonces, si vos querés algo distinto, esa sería la opción a elegir. De ahí a decir que la rebeldía se volvió derecha, tengo mis dudas también, porque depende un poco a qué llamamos rebeldía. Porque si llamamos rebeldía a plantear la idea de jerarquías fijas en una concepción en la cual lo único que importa es la procedencia, el color de piel, una orientación sexual determinada, una visión tradicionalista de la sociedad… entonces ahí en realidad estamos llamando rebeldía a algo que lo que busca es volver a imponer un viejo orden. Entiendo que también hay muchos jóvenes que tal vez puedan encontrar una forma de decir “necesito algo distinto”. Y creo que eso también ha sido una victoria de esa ultraderecha. De lograr ocupar ese espacio. Lo que no tenemos que perder de vista es que hay un reclamo, hay una promesa incumplida. Hay un sector al que se le había prometido que con esfuerzo, estudio, trabajo, ibas a conseguir una cierta tranquilidad, pero no la tienen. Y hay gente que trabaja cuarenta o cincuenta o sesenta horas por semana e igualmente no llega a fin de mes. Eso lo ven los jóvenes, lo ven reflejado en las personas cercanas, en sus padres, en sus familiares y claramente representa una decepción. Por eso buscan una alternativa. El problema es que esa ultraderecha no ofrece un mundo mejor o un mundo muy diferente a ese. Al contrario. Y creo que ese es el gran problema que tenemos (y que tal vez por eso escribo este libro): entender mejor qué es lo que ofrece esa ultraderecha. Porque lo que ofrece, insisto, no es un mundo mejor. Es un mundo con menos libertades, con menos posibilidades, con menos derechos, con menos caminos para salir adelante.
Ante una epidemia ultra que utiliza los mecanismos de la libertad de expresión para atacar la propia libertad, ¿están los estados democráticos cayendo en la paradoja de la tolerancia de Popper? ¿Es posible legislar contra la desinformación sin alimentar el relato ultra de la ‘censura’ y la ‘dictadura progre’?
Esta respuesta es difícil. En esta idea de que hay que tolerar al intolerante, yo creo que hay límites. Por ejemplo, hay personas que van a estar convencidas con el discurso de ultraderecha y van a aceptar esa idea de la dictadura progre como escribís acá, o de que hay cancelación y demás cuestiones y hay gente, bastante gente, mucha más de la que creemos, que van a entender la lógica que hay detrás de eso. Ahora bien, ¿hay que aceptar y ser tolerante con alguien que dice que hay que maltratar a otra persona por ser diferente en el sentido que quieras? Seguramente esa persona va a entender que ahí está el límite, porque no es lo que quisiera para su propia familia, para sus hijos, para sus personas cercanas, para sí mismo. Creo que la clave acá está más en cómo contamos eso y cómo explicamos eso y cómo lo transformamos de un discurso que pueda sonar a prohibición constante de todo o cancelación constante de todo, a una suerte de historia que te cuente los beneficios de un cambio determinado o de un posicionamiento determinado. Creo que esa es la clave.
¿Tiene el Estado democrático herramientas reales para frenar esta epidemia sin traicionarse a sí mismo? Es decir, ¿seguimos jugando con las mismas reglas o ya no se respeta el terreno de juego?
Hay instituciones que van más allá de un gobierno en concreto, que son parte del Estado democrático, que tienen capacidad de poner frenos. Está la Justicia, está el Congreso, están todos los checks and balances, están los procesos, los procesos de referéndum, los procesos de discusión, los procesos de pregunta al Estado, etcétera. Y ahí aparecen también otros factores. Si querés no formales o no integrados al Estado democrático, pero parte de un Estado de Derecho, que es el rol de la prensa, el rol de otras organizaciones de la sociedad civil, el rol que pueda tener la sociedad civil en sí, expresándose de diferentes maneras. Creo que esas son todas las herramientas que todavía pueden poner límites a esa epidemia ultra. Aunque como os decía antes, en mi pesimismo, la ultraderecha ha logrado generar una fisura en aquel consenso democrático que nos hace discutir cosas que hace algunos años eran indiscutibles. Y eso es así. Y ese es el mundo en el que estamos viviendo y que tenemos que aceptar. Es decir, no podemos interpretar esta epidemia ultra como una especie de paréntesis, porque en realidad es parte de un cambio que hubo como consecuencia de muchos problemas y de muchos errores que hemos cometido dentro de ese consenso democrático. Creo que ese es el gran desafío: cómo lograr construir un relato que no sea “volvamos al status quo anterior porque la ultraderecha es peor”, porque ese status quo anterior para mucha gente es negativo. Lo que hay que plantear es un proyecto superador, que tenga las bases y los valores de ese consenso democrático que ahora se ha roto. Pero que no olvide que tiene que ocuparse de los problemas más importantes como, por ejemplo, el problema de la desigualdad. Creo que eso es básico, no solamente en los países en los que la ultraderecha llega al poder, sino en todos los países.
Entrevista realizada por Xavier Peytibi y Cristina Juesas.
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