Cuando Corea del Norte cambió las reglas del baloncesto
Las reglas del deporte parecen inmutables. Hasta que Kim Jong-il decide que también pueden servir para contar cómo funciona su país.
Kim Jong-il fue el líder supremo de Corea del Norte desde 1994 hasta su muerte en 2011. Hijo de Kim Il-sung, fundador del Estado norcoreano, heredó el poder dentro de un sistema político sin igual en el mundo, basado en el partido único, el culto a la personalidad y la ideología Juche, centrada en la autosuficiencia y la lealtad absoluta al líder. Al morir, esa misma tradición la heredó Kim Jong-un, el actual líder supremo norcoreano.
Pero volvamos a los noventa. Kim Jong-il era un enorme aficionado al baloncesto y, en particular, a la NBA. El gran líder seguía partidos, los grababa para verlos luego y mostraba admiración por figuras icónicas como Michael Jordan. Tanta era su pasión que hizo que el baloncesto, que por influencia soviética era uno de los deportes secundarios que se practicaban en los institutos, se convirtiera, durante unos años, en una prioridad gubernamental.
Ahora bien. Para el líder supremo, el baloncesto tenía unas reglas que había que mejorar. Sí, ya sabemos que son reglas internacionales, pero no hay nada que él no pudiera hacer en Corea del norte, así que, para acercarlo más a la ideología Juche y al “espectáculo”, cambió algunas reglas. No existe un reglamento oficial publicado per se, pero sí numerosos testimonios que apuntan a que se aplicaron en partidos durante aquellos años.
Por ejemplo, los tiros lejanos no valían tres puntos, sino cuatro, y los mates contaban como tres. La idea era premiar las acciones más espectaculares y llamativas por encima de las canastas normales. También cambió la manera de castigar el error. Según los relatos más conocidos, fallar un tiro libre no solo suponía no sumar, sino que restaba un punto al equipo. El fallo deja de ser algo individual y pasa a afectar a todo el grupo, reforzando la idea de que cada jugador es responsable del resultado colectivo. Como en el país, vamos. Además, los últimos momentos del partido tenían una importancia especial. Las canastas anotadas al final valían más puntos de lo habitual, lo que convierte esos segundos finales en decisivos.
Por supuesto, estas reglas solo se usaban dentro del país (y no siempre, parece). Cuando la selección norcoreana de baloncesto salía al exterior a competir (pocas veces), se seguían las reglas “tradicionales”. No se sabe si, con la muerte de Kim Jong-il en 2011, las reglas norcoreanas siguieron vigentes, pero sí que a su hijo, Kim Jong-un, también le gusta el baloncesto. Prueba de ello son los contínuos viajes a Corea del norte de Dennis Rodman, la ex estrella de la NBA.
En resumen, las reglas se pueden cambiar siempre y cuando sea importante para mostrar la idiosincrasia de un país o de un sistema político. O eso pensó el líder norcoreano.
Pero no fue el único. El ejemplo más paradigmático se dio en Estados Unidos con el fútbol (soccer), también en los años noventa. Para hacerlo más atractivo al público local, la recién creada MLS introdujo reglas propias que alteraban el juego tal y como se conocía en el resto del mundo. No había empates: los partidos se decidían siempre con un ganador. Los penaltis se sustituyeron por “shootouts” en carrera desde el centro del campo, más cercanos al hockey sobre hielo que al fútbol europeo. Incluso el cronómetro se detenía cuando el balón no estaba en juego, como en el baloncesto o el fútbol americano.
Era el mismo fútbol actual, pero adaptado a una cultura que rechazaba el empate, premiaba la espectacularidad y necesitaba un desenlace claro. Con el tiempo, y a medida que el fútbol fue asentándose en Estados Unidos, muchas de estas reglas se abandonaron para alinearse con el estándar internacional. Aún así, para quien nos gusta el fútbol, sigue siendo curioso ver “tirar penalties” mediante una jugada desde el medio campo, como en la imagen de abajo:
Otro ejemplo menos conocido, pero muy ilustrativo, es el del ajedrez en la Unión Soviética. Formalmente, el juego se regía por las mismas reglas internacionales que en el resto del mundo. Sin embargo, en las competiciones internas soviéticas se introdujeron criterios de puntuación y desempate propios que modificaban de manera significativa cómo se jugaba. En muchos torneos se premiaba la agresividad, la iniciativa y la voluntad de ganar, mientras que las tablas rápidas o excesivamente conservadoras podían ser penalizadas de forma indirecta. Existían incentivos para las llamadas tablas “luchadas”, aquellas en las que ambos jugadores asumían riesgos y mantenían la tensión hasta el final, frente a los empates pactados o estratégicos, habituales en algunos torneos occidentales. En determinados contextos, una victoria arriesgada podía tener más valor simbólico que una serie de empates seguros.
Este sistema no solo buscaba resultados deportivos, sino que funcionaba como una escuela de estilo. El ajedrecista soviético ideal debía ser creativo, ofensivo, disciplinado y capaz de imponer su juego al rival. La manera de puntuar y de valorar el riesgo acabó influyendo profundamente en la forma de jugar, dando lugar a una tradición ajedrecística reconocible en todo el mundo. Así, sin cambiar una sola regla básica del ajedrez, la Unión Soviética consiguió que el juego reflejara un determinado carácter nacional y político.
En el fondo, el deporte nunca es solo deporte. Es una forma de contar cómo se gana, qué se premia y qué se castiga. Y, como casi todo, también es política.
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