Política Creativa

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El jamón como política de identidad

Durante siglos, lo que se comía —y lo que no— era toda una declaración política. Hablamos del concepto de gastronativismo y enlazamos decenas de enlaces sobre gastronomía y política.

Política Creativa y Xavier Peytibi
feb 03, 2026
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Entrar en un bar español y ver una pata de jamón colgada solemos interpretarlo aquí (aunque cada vez menos) como algo normal, cultural. El jamón nos aparece como algo obvio, fruto de la tradición y la costumbre y, por supuesto, desideologizado. Sin embargo no siempre fue así. antiguamente era un símbolo de identidad, para mostrar quién pertenecía y quién no, quién era fiable y quién era sospechoso, quién formaba parte del “nosotros” y quién quedaba fuera. He aquí su historia:

Tras la conquista de Granada en 1492 y la expulsión de los judíos ese mismo año, seguida un siglo más tarde por la expulsión de los moriscos en 1609, la sociedad española quedó profundamente atravesada por una obsesión política y cultural: la homogeneidad religiosa. En ese contexto, el consumo de cerdo —ya presente desde época romana y muy extendido— adquirió un significado nuevo, intensamente politizado.

Porque, en una sociedad marcada por la inquisición y por la noción de limpieza de sangre, los hábitos alimentarios se transformaron, poco a poco, en indicadores de “fiabilidad“ social. Y, por supuesto, si alguien no comía cerdo podía ser interpretado como señal de judaísmo encubierto o de islam practicado en secreto. Comerlo, en cambio, funcionaba como una declaración clara de pertenencia al orden católico. De este modo, comer cerdo dejó de ser simplemente una práctica alimentaria para convertirse en una prueba pública de ortodoxia cristiana.

Y no era algo baladí: diversas fuentes y crónicas de la época recogen denuncias basadas en prácticas culinarias: vecinos que observaban si una familia compraba tocino, si cocinaba cerdo en fechas señaladas, si evitaba determinados alimentos o si mantenía costumbres dietéticas consideradas “extrañas”. Era una especie de “caza de brujas” a los anti-cerdo. En este contexto, muchas familias conversas optaron por sobreactuar su adhesión al cristianismo mediante el consumo visible de cerdo. No bastaba con comerlo en privado: era necesario hacerlo públicamente, dejar constancia, eliminar cualquier ambigüedad. De ahí surgen prácticas que hoy pueden parecer surrealistas, pero que entonces tenían una enorme carga simbólica, como casas que colgaban jamones en ventanas o puertas, o en cocinas si podían ser visibles desde el exterior; de familias que organizaban matanzas de cerdo como eventos públicos; de banquetes donde el cerdo ocupaba un lugar central precisamente para disipar sospechas, etc. El jamón se convertía en una prueba material de identidad, una especie de certificado de cristianidad. De ser “de los nuestros”. Seguramente más por miedo que por sentimiento de identidad.

Las tabernas, ventas y mesones adoptaron rápidamente este código simbólico. Como espacios públicos por excelencia, los establecimientos de comida y bebida se convirtieron en escenarios para exhibir ortodoxia. Colgar jamones no era solo para conservar el alimento, sino un gesto mediante el cual el local se declaraba abiertamente cristiano, alineado con el orden social imperante y ajeno a cualquier sospecha de heterodoxia. En un contexto de vigilancia constante, la pata de jamón colgada funcionaba como una declaración política silenciosa, pero inequívoca. Con el paso del tiempo y la desaparición formal de la Inquisición, este significado se fue diluyendo, pero el símbolo permaneció.

Escuché oir el otro día sobre esta historia (que desconocía) y quería compartirla. Buscando información y más ejemplos de esta situación en el mundo, he descubierto el concepto reciente de gastronativismo, desarrollado por Fabio Parasecoli en su libro Gastronativism: Food, Identity, Politics (2022). Parasecoli parte de una idea sencilla pero poderosa: la comida no solo alimenta, sino que organiza identidades, y por eso se convierte con facilidad en un recurso político cuando las sociedades atraviesan momentos de incertidumbre. El gastronativismo, explica, aparece cuando los alimentos se utilizan para construir fronteras simbólicas de pertenencia, delimitando quién forma parte legítima de una comunidad y quién queda fuera de ella.

Para el autor, en contextos de globalización acelerada, inmigración, transformaciones económicas y pérdida de referentes culturales estables, la comida ofrece un terreno especialmente fértil para este tipo de operaciones identitarias. A diferencia de otros símbolos políticos, la gastronomía n o requiere grandes discursos ni consignas ideológicas: basta con señalar qué se come, cómo se come y qué se considera normal o aceptable. Como hemos visto que ocurrió con el caso del jamón en España, la comida se transforma en una herramienta ideológica capaz de reforzar la identidad colectiva.

Parasecoli muestra cómo este mecanismo opera hoy en múltiples países, especialmente a través de movimientos nacionalistas y de extrema derecha que convierten la gastronomía en un campo de batalla cultural. En Italia, por ejemplo, sectores de la derecha han reaccionado con indignación ante la presencia de tortellini halal o ante una lasaña sin cerdo servida en el Vaticano, interpretando estos gestos como una “cesión simbólica inadmisible que amenaza la identidad italiana”. En la India, el nacionalismo hindú ha llevado esta lógica a extremos mucho más violentos. La vaca, convertida en símbolo central de la identidad religiosa mayoritaria, funciona como línea divisoria entre comunidades. Musulmanes que venden o consumen carne de res han sido objeto de agresiones y linchamientos. Algo similar ocurre en distintos países europeos, donde políticos abiertamente antiinmigración señalan platos como el cuscús o el kebab como símbolos de una supuesta “invasión cultural”.

Así, algunos alimentos pasan a representar no solo comidas “extrañas”, sino un símbolo de la pérdida de identidad, el debilitamiento del Estado-nación y el cuestionamiento de tradiciones que se perciben como propias. Lo que está en juego, siguiendo con Parasecoli, es una ansiedad identitaria profunda, alimentada por cambios sociales rápidos y por la sensación de que los marcos culturales heredados ya no garantizan estabilidad ni reconocimiento.

Parasecoli insiste en que el gastronativismo no siempre adopta formas explícitamente agresivas ni se presenta necesariamente como rechazo frontal al otro. A menudo se manifiesta como una defensa nostálgica de la tradición, como una apelación al “sentido común” cultural o como la reivindicación de costumbres supuestamente amenazadas. Precisamente por eso resulta tan eficaz: porque se presenta como algo natural, apolítico, casi sentimental. La comida, en estos casos, funciona como un lenguaje político de baja intensidad, pero de enorme potencia simbólica.

Ahora bien, haciendo memoria recordé una noticia de julio de 2025 que también me llamó la atención y conecta de forma muy clara con todo lo anterior. En Italia, cada 25 de julio se celebra la llamada pastasciutta antifascista, una tradición que rememora un gesto ocurrido en 1943 tras la caída de Benito Mussolini. Ese día, la familia Cervi —agricultores y activistas antifascistas de la región de Emilia-Romaña— cocinó grandes cantidades de pasta y las repartió en la plaza del pueblo para celebrar la destitución del dictador. Comer y compartir espaguetis se convirtió así en un acto político colectivo. No era un gesto inocente: el régimen fascista había despreciado la pasta por considerarla un alimento popular, poco acorde con su ideal del “hombre nuevo” fuerte, moderno y disciplinado. Al volver Mussolini, los fusilaron a todos. Con el tiempo, aquel gesto espontáneo se transformó en una tradición que hoy se reproduce en cientos de localidades italianas como símbolo de resistencia, antifascismo y cultura popular.

La reacción contemporánea a esta tradición es también reveladora. En los últimos años, militantes y simpatizantes del partido de Giorgia Meloni han intentado contrarrestar la pastasciutta antifascista promoviendo la idea de comer “risotto con tinta de sepia” como gesto identitario alternativo. Más allá de lo anecdótico, el episodio muestra con claridad hasta qué punto la gastronomía puede convertirse en un campo de batalla simbólico.

Todo es política, al fin y al cabo.

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Política Creativa es una iniciativa de Xavier Peytibi (ideas y contenidos) y de Juan Víctor Izquierdo (programación). Puedes leer todos los contenidos en www.politicacreativa.com

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