El problema con el que todos vivimos, de Norman Rockwell
El pintor de la América bucólica que se inmoló para retratar la injusticia. Por si alguien te pregunta por qué un hombre de casi 70 años decidió destruir su propia leyenda. Un texto de Cristina Juesas
Este post debería haberse publicado en “Por si alguien te pregunta”, la newsletter NO política de Xavier Peytibi. Pero, por su interés, lo publicamos aquí.
Un texto de Cristina Juesas
Por si alguien te pregunta:
Cuando viajo, a veces me desvío. Me salto el museo famoso, la catedral obligatoria o el barrio de moda para ir a buscar algo específico que tengo en la cabeza desde hace tiempo. En un viaje a Estados Unidos, fui expresamente a Stockbridge, Massachusetts, a ver un museo que no sale en las principales guías para ver un cuadro. Veníamos de Maine e íbamos hacia Washington D.C. y tuvimos que ir adrede y hacer noche en el camino, porque Stockbridge no está cerca de ninguna carretera principal.
Stockbridge es un pueblo pequeño, tranquilo, con ese aire bucólico de Nueva Inglaterra que parece sacado de una postal. Precisamente el tipo de lugar del que era Norman Rockwell, el ilustrador que durante décadas pintó la América idílica de las familias felices, los Thanksgiving con pavos enormes y los vecinos amables. La América que mucha gente sigue creyendo que existió y que, en realidad, Rockwell en buena parte inventó.
Y en ese museo, en ese pueblo apacible, cuelga uno de los cuadros más incómodos del siglo XX: El problema con el que todos vivimos.
Su historia:
Norman Rockwell nació en Nueva York en 1894 y desde muy joven supo que quería ser artista. En lugar de ir al instituto, estudió en la Art Students League de Nueva York y con apenas 19 años ya era director de arte de la revista Boy’s Life. A partir de ahí, su carrera fue una ascensión sin pausa hacia la imagen que todos conocemos: el ilustrador oficial de la América cotidiana.
Durante casi cinco décadas, Rockwell fue la cara visible del Saturday Evening Post. Produjo más de 4.000 obras a lo largo de su vida, pintó retratos de varios presidentes de Estados Unidos, fue testigo de dos guerras mundiales y de la llegada de la primera persona a la Luna. Era, en todos los sentidos, un icono nacional. El problema es que los iconos nacionales a veces se convierten en jaulas doradas.
Si preguntas hoy a cualquier estadounidense qué le viene a la cabeza cuando escucha “Norman Rockwell”, la respuesta casi siempre incluye palabras como sencillez, nostalgia y “valores americanos tradicionales”. Y quizás mencionen el famoso cuadro de Acción de gracias, esa familia numerosa y feliz alrededor de un pavo enorme. Lo que casi nadie menciona es el otro Rockwell. Porque había otro Rockwell. Y para entenderlo hay que entender primero esa jaula en la que vivió durante décadas.
Desde los años 30, el trabajo de Rockwell para el Saturday Evening Post, con sus soda jerks y sus boy scouts, presentaba una visión idílica de un país que, en realidad, apenas existía tal y como él lo retrataba. Era un mundo bello, ordenado y casi uniformemente blanco. No se trataba de una elección estética: era una política editorial.
En una entrevista ya de mayor, Rockwell recordó que en una ocasión le ordenaron borrar a una persona negra de una imagen de grupo porque la política del Saturday Evening Post en aquella época solo permitía mostrar a personas negras en puestos de servicios. Rockwell ilustraba dentro de los límites que otros habían trazado. Y durante décadas lo hizo, con un talento extraordinario y, parece, con una incomodidad creciente.
El resultado de su trabajo fue que Rockwell, sin quererlo, creó el imaginario de la América blanca y rural al que muchos todavía quieren volver hoy. Esa América de puertas sin llave, tartas de manzana y vecinos amables en la que las personas de color sencillamente no existían. Si esto te suena a algo que has escuchado recientemente en política, no es casualidad. Es exactamente la “América” que ciertos movimientos actuales invocan cuando hablan de “hacer grande a América otra vez”: una América que fue, en gran medida, una ficción pintada con pinceles muy hábiles.
Lo que hace aún más interesante la historia es que Rockwell era, hasta 1960, un conservador de toda la vida. Nadie en su familia supo explicar nunca con exactitud qué ocurrió ese año, porque él tampoco lo explicó nunca en entrevistas. Lo que sí sabemos es que votó a Kennedy, que detestaba a Nixon con intensidad y que algo en aquel otoño de 1960 le cambió para siempre. Algunos apuntan a que fue ver en televisión a una niña pequeña, asediada por una turba de adultos insultándola, caminar hacia la entrada de una escuela.
El primer indicio público de su transformación fue un cuadro llamado Golden Rule (1961), publicado todavía en el Saturday Evening Post: un mosaico de rostros de diferentes culturas del mundo. Era un gesto amable, casi prudente. Una representación de muchas formas distintas de vivir la fe. Un ensayo general, podría decirse, antes del salto al vacío que vendría dos años después.
La cuestión es que el mismo hombre que había construido esa ficción decidió, casi al final de su carrera, desmantelarla.
En los años 60, el movimiento por los derechos civiles estaba sacudiendo el país. Las imágenes que llegaban desde el sur, las manifestaciones, las mangueras de bomberos apuntando a personas que solo pedían ser tratadas como iguales, eran difíciles de ignorar. Rockwell tenía casi 70 años y llevaba tiempo queriendo decir algo que el Post no le dejaba decir.
En 1963, Rockwell dejó el Saturday Evening Post, en buena parte por sus políticas racistas. Según su propia autobiografía, la revista Look, que le ofreció trabajo, le prometió que podría pintar “lo que quisiera, de la manera que quisiera, en cualquier parte del mundo”. Para un hombre que había pasado casi 50 años ilustrando dentro de normas impuestas, aquello debió de ser como abrir una ventana.
En un discurso de 1963, el propio Rockwell lo resumió así: “Ahora estoy enormemente emocionado por pintar temas contemporáneos... cuadros sobre los derechos civiles, los astronautas... y los programas contra la pobreza.”
Y lo que pintó fue El problema con el que todos vivimos.
Qué saber:
El cuadro representa a Ruby Bridges, una niña afroamericana de seis años, de camino a la escuela William Frantz Elementary School de Nueva Orleans el 14 de noviembre de 1960, durante la crisis de desegregación escolar. Ante las amenazas de violencia contra ella, la escoltan cuatro agentes federales.
Para entender lo que muestra el cuadro hay que entender lo que pasó ese día. Imagina que tienes seis años y es tu primer día en una escuela nueva. Llevas un vestido especial. Tienes tu cuaderno y tus lápices. Estás emocionada, aunque un poco nerviosa. Varios hombres con pinta de agentes oficiales están ahí para acompañarte hasta el edificio. Una turba enloquecida grita fuera. ¿Será un desfile? Tu profesora te recibe con cariño, pero ¿dónde están tus compañeros? ¿Por qué eres la única alumna en el aula? ¿Por qué no hay nadie con quien comer ni con quien jugar en el recreo? Esto es exactamente lo que le ocurrió a Ruby Bridges. En una entrevista reciente, Bridges reveló que fue la única alumna en su clase durante todo ese primer año. A pesar de las amenazas y el acoso, no faltó ni un solo día.
Rockwell tomó decisiones artísticas muy precisas para subrayar la gravedad de la escena. Ruby lleva un vestido blanco y zapatillas, quizás para enfatizar su inocencia frente a la hostilidad que la rodea. Los grafitis ofensivos y el tomate estrellado contra la pared enmarcan su camino. En la pared aparecen escritas una palabra racista nigger y las siglas KKK.
Ese tomate merece un momento de atención. Ha reventado contra la pared dejando una salpicadura que parece casi una explosión, con restos en el suelo. Rockwell pintó violencia sin pintar sangre. Pintó intención asesina con una fruta. Y en ese contraste, entre la niña de vestido blanco y el impacto rojo en la pared, está toda la tensión del cuadro.
Hay un detalle que me parece especialmente potente: durante años, la niña del cuadro no fue identificada por su nombre. Ruby Bridges era simplemente “la niña”. Una figura anónima. Y ese anonimato la convirtió en algo más grande que ella misma: en el símbolo de todos los niños negros de América a quienes se les negaba el derecho a ir a la escuela. No era un retrato. Era un espejo.
El cuadro está encuadrado a la altura de Ruby, para que el espectador vea la escena desde su propia perspectiva. Los agentes que la escoltan aparecen cortados a la altura de los hombros, de modo que ella es la única figura completamente visible. La multitud blanca tampoco aparece: el espectador mira la escena desde su punto de vista.
Rockwell hizo algo que pocos artistas se atreven a hacer: nos puso del lado equivocado. Cuando miras el cuadro, tú eres la persona de la turba. Eres quien acaba de lanzar ese tomate. Eres quien escribió esa palabra en la pared. No hay distancia cómoda de espectador. El cuadro no te deja observar la injusticia: te acusa de ella.
El cuadro, claro, no se publicó en el Saturday Evening Post, su hogar habitual. Rockwell tuvo que acudir a Look, que vio la oportunidad de que este ilustrador de la América convencional usara precisamente su reputación para sacudir las conciencias de los lectores blancos. Apareció como doble página central el 14 de enero de 1964.
Tras su publicación, Rockwell recibió sacas enteras de correo de desaprobación. Una carta le acusó directamente de ser un “traidor a su raza”. Pero otras cartas celebraban su valentía. Un lector de Florida escribió que guardaba ese número de la revista para sus hijos, con la esperanza de que cuando fueran mayores para entenderlo, el tema hubiera pasado ya a la historia. No pasó a la historia. Aquí seguimos sesenta años después.
No fue el único cuadro de esta época. Look siguió animando a Rockwell a explorar la cuestión racial, y en los cuatro años siguientes produjo dos ilustraciones más que abordaron la tensión y la violencia de frente: Murder in Mississippi (1965), en respuesta al asesinato de tres activistas por los derechos civiles y New Kids in the Neighborhood (1967), sobre la integración en los barrios residenciales. No fue un gesto puntual. Fue una decisión.
La historia tiene un capítulo final que me parece extraordinario. En 2011, el presidente Barack Obama colgó el cuadro en un pasillo junto al Despacho Oval. Cuando él y Ruby Bridges lo contemplaron juntos, Obama le dijo: “Creo que es justo decir que si no hubiera sido por ustedes, puede que yo no estuviera aquí y no estaríamos mirando esto juntos”.
La razón:
Fui al museo de Stockbridge porque quería ver este cuadro en persona. Hay obras que has visto tantas veces en libros y pantallas que crees que ya las conoces y luego te plantas delante de ellas y te das cuenta de que no tenías ni idea. El museo en sí merece el viaje. El problema con el que todos vivimos fue la primera obra que adquirió el Norman Rockwell Museum en 1975 y el edificio guarda también bocetos, referencias fotográficas y material de proceso que ayudan a entender cómo trabajaba. Pero es el cuadro original el que te deja pasmada delante de él.
Lo que más me impacta, mirándolo despacio, es la postura de la niña. No está encorvada, no parece asustada. Camina hacia la escuela con su cuaderno y su estuche, como si ese fuera el único plan posible, ajena a lo que pasa a su alrededor. Seis años tenía. Y nosotros, los adultos, somos los que estamos al otro lado del encuadre, en el lugar de quienes la acosan. Hay algo en esa combinación, el pintor de la América “amable” retratando la América brutal, que me fascina. Rockwell tenía casi 70 años cuando pintó este cuadro. Llevaba décadas construyendo una imagen del mundo. Y decidió, con ese nombre y esa reputación, usarlos para señalar algo que le parecía sencillamente inaceptable. No le salió gratis, claro que no.
Me pregunto qué estaría pintando hoy. Probablemente algo que le habría costado su cuenta de Instagram y el adjetivo woke en cada comentario.
Si alguna vez pasáis por Massachusetts, os recomiendo el desvío a Stockbridge sin ninguna duda. Es uno de esos museos pequeños donde cada sala tiene algo que te detiene.
PD. Antes de despedirme, me gustaría decir algo más sobre Ruby Bridges, que vive y tiene 70 años. Hoy es activista, autora y conferenciante. Creó la Ruby Bridges Foundation para inspirar a líderes a abrazar la diversidad. En marzo de 2024 fue incluida en el Salón Nacional de la Fama de las Mujeres de Estados Unidos. Su lema, visible en su web oficial, lo dice todo: “El racismo es una enfermedad de adultos. Dejemos de usar a nuestros hijos para propagarla”.
Hoy, diferentes países siguen debatiendo si ciertos episodios de la historia deben o no enseñarse en los colegios. Sigue habiendo bibliotecas escolares que retiran libros sobre derechos civiles y ha reaparecido en la política con asombrosa naturalidad ese lenguaje excluyente de los años 60, pero Ruby Bridges sigue caminando. Con 70 años, como caminó con seis. Hacia adelante.
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