Jesús Gil: el populismo antes del populismo
Antes de que el populismo se convirtiera en etiqueta universal, Jesús Gil ya lo practicaba desde Marbella, con intuición y televisión. Un artículo de Fran Ruiz Vargas.
FRAN RUIZ VARGAS
Jesús Gil fue muchas cosas a la vez: empresario, presidente del Atlético de Madrid, alcalde, provocador profesional y personaje televisivo. Pero, sobre todo, fue una forma de hacer política cuando todavía no hablábamos constantemente de populismo.
¿Y qué significa exactamente eso de populismo? Porque lo cierto es que la palabra se usa tanto que casi ha perdido precisión. Si acudimos a quienes más lo han pensado, como Ernesto Laclau o Juan J. Linz, el concepto se vuelve más nítido. Para Laclau, el populismo no es una ideología cerrada, ni de izquierdas ni de derechas. Es una lógica política. Consiste en construir un “pueblo” como sujeto colectivo enfrentado a un adversario común (las élites, el sistema, la casta, el establishment) y articular demandas sociales muy distintas bajo una misma identidad. El líder populista cumple una función central en ese proceso: encarna simbólicamente esa unidad. No representa solo a la ciudadanía; la personifica. Reduce la complejidad política a una relación directa entre “nosotros” y “ellos”, simplifica conflictos y los traduce en una narrativa emocional. Linz introduce otro matiz decisivo cuando habla de populismo autoritario. Para él, el problema no es solo la retórica pueblo-élite, sino la concentración personal del poder. El líder se presenta como el único intérprete legítimo de la voluntad popular, desconfía de los contrapesos institucionales, polariza el espacio político y erosiona la lógica pluralista. No siempre rompe formalmente con la democracia, pero tiende a tensarla desde dentro. El vínculo ya no es entre ciudadanos e instituciones, sino entre el pueblo y el líder, en una relación directa y personalista.
En ambos enfoques hay elementos comunes: liderazgo fuerte, simplificación de conflictos, apelación emocional, polarización y una narrativa que enfrenta a un pueblo virtuoso con un adversario corrupto o incompetente. El populismo no es simplemente gritar más alto. Es construir un relato donde el sistema aparece como problema y el líder como solución.
Desde esa perspectiva, mirar a Jesús Gil es observar un caso temprano de populismo, pero aplicada con intuición mediática y sin necesidad de grandes tratados ideológicos. Porque en Marbella esa lógica no fue solo retórica, fue poder real. En las elecciones municipales de 1991, el Grupo Independiente Liberal (GIL), fundado apenas unos meses antes, obtuvo 19 de los 25 concejales del Ayuntamiento, una mayoría absoluta incontestable que permitió a Gil gobernar sin necesidad de pactos. En 1995 amplió incluso esa hegemonía hasta los 22 ediles, y en 1999 volvió a revalidar la mayoría absoluta con 15 concejales, manteniéndose al frente hasta 2002. Durante esos años, su forma de gobernar fue tan personalista como su discurso: concentración de decisiones, enfrentamiento permanente con la oposición y una gestión marcada por grandes proyectos urbanísticos, polémicas continuas y una creciente judicialización que acabaría erosionando su proyecto. El fenómeno, además, no quedó limitado a Marbella. El GIL se expandió a muchos otros municipios de la Costa del Sol y de la provincia de Cádiz, e incluso a Ceuta y Melilla, convirtiendo una experiencia municipal en actor nacional.
Pero hay un elemento que explica buena parte de esa hegemonía: la televisión. Gil entendió como pocos el poder del medio en los años noventa en España, cuando la expansión de las cadenas privadas y los formatos de tertulia convertían la política en espectáculo. Aparecía constantemente en programas, entrevistas y debates, no solo como alcalde, sino como personaje público. Esa presencia mediática le permitía saltar los filtros institucionales, hablar directamente a la audiencia y reforzar la idea de liderazgo fuerte y cercano. Era totalmente desintemediado.
Pero entonces, ¿Qué tipo de populista era Jesús Gil? ¿Encajaba realmente en la descripción de populista? Para comprobarlo, analicé 53 discursos y declaraciones suyas, pronunciadas entre 1991 y 2002, divididos en 76 unidades de análisis. Mi pregunta era directa: ¿qué elementos populistas aparecen en su discurso y con qué intensidad?
Los datos son claros. El rasgo más repetido es el personalismo. Aparece en 35 de las 76 frases analizadas. Casi la mitad. Gil habla constantemente de sí mismo, de sus logros, de su papel decisivo. El proyecto político no es una estructura colectiva abstracta: es su figura. Incluso el partido lleva su apellido. Marbella se presenta como una extensión de su liderazgo. La solución a los problemas no es una política pública compleja, sino “Jesús Gil”.
El segundo gran elemento es el lenguaje desafiante, presente en 30 de las 76 frases. Gil se construye como alguien que se enfrenta a las normas establecidas, a los medios, a los políticos tradicionales. Sin embargo, hay un matiz interesante: solo en cinco casos el desafío alcanza una intensidad alta. En la mayoría es medio o bajo. No es un estallido permanente de agresividad, sino una firmeza constante que proyecta fuerza y decisión.
En paralelo aparece la simplificación política, también en 30 de las 76 frases. En veinte de esos casos se manifiesta como generalización exagerada. Problemas complejos —paro, delincuencia, corrupción— se reducen a soluciones directas y de rápida ejecución. La política se convierte en voluntad. Si hay un problema, se arregla. Si hay corrupción, se limpia. Si hay inseguridad, se acaba. La complejidad desaparece del relato.
El lenguaje autoritario aparece en 23 frases. Predominan las afirmaciones categóricas y la desvalorización de opiniones contrarias. El lenguaje polarizador y el alarmista se detectan en 21 ocasiones cada uno. Gil exagera conflictos, dramatiza escenarios, crea sensación de urgencia. El mensaje implícito es que la situación es grave y exige liderazgo fuerte.
También es significativa la presencia de prepotencia discursiva, detectada en 28 frases, generalmente a través de afirmaciones rotundas y tono condescendiente. Y en otras 28 frases aparece un énfasis explícito en su honestidad. Gil insiste en que no necesita robar, en que dice la verdad, en que no engaña. La autenticidad se convierte en capital político.
Sin embargo, observo que el componente antiélite no es tan dominante como cabría esperar en el populismo clásico. El lenguaje antiélites aparece solo en 9 de las 76 frases. La responsabilización directa de las élites por los problemas de la ciudadanía apenas se produce en una ocasión. La mención al establishment como culpable aparece dos veces. Incluso la división explícita entre “ellos y nosotros” se detecta solo en 7 frases. Esto es relevante. El populismo de Gil no se articula principalmente como un antagonismo estructural entre pueblo y élite, al estilo más clásico: un “bloque popular” enfrentado a una “casta”. Más bien se organiza en torno a la figura del líder como solución frente a un sistema que aparece desordenado, ineficaz o incapaz de actuar con firmeza. No se trata tanto de una batalla ideológica contra las élites como de la dramatización de un liderazgo fuerte frente a un entorno político percibido como débil.
También resulta significativo lo que apenas aparece. No hay menciones negativas a las instituciones judiciales. No se detectan apelaciones constantes a la voluntad popular. Las medidas para combatir la desigualdad solo aparecen en tres frases. No hay referencias explícitas a los desfavorecidos. No es un populismo redistributivo ni social. Es un populismo mediático.
Y aquí entra el elemento decisivo: el escenario. De las 76 declaraciones analizadas, 32 se producen en televisión. Es el contexto más frecuente, por encima de actos políticos (23), intervenciones en la vía pública (10) u otros medios (11). Gil entiende algo que hoy parece obvio, pero que en los años noventa no lo era tanto: la política se juega en las pantallas. Su estilo directo, provocador y teatral está diseñado para funcionar mejor en televisión que en un pleno municipal.
Comparando estos datos con las teorías de Laclau y Linz, podemos decir que Jesús Gil comparte elementos claros del populismo: personalismo intenso, simplificación, identificación líder-ciudadanía, lenguaje polarizador y autoritario. Pero no cumple todos los rasgos teóricos. No hay una construcción sistemática del pueblo como sujeto soberano enfrentado permanentemente a las élites. No hay ataque estructural al poder judicial. No hay un antagonismo institucional constante.
Por eso su caso es interesante. No fue un populista doctrinal. Fue un populista intuitivo. Construyó un liderazgo fuerte, simplificó la política, ocupó el espacio mediático y convirtió la provocación en herramienta estratégica. Desde un ayuntamiento convirtió la política municipal en fenómeno nacional. Marbella fue el laboratorio. La televisión, el amplificador.
Cuando hoy hablamos de hiperliderazgos, comunicación directa, dramatización del conflicto y simplificación extrema, solemos mirar a fenómenos recientes. Pero muchas de esas técnicas ya estaban ahí. Jesús Gil fue, en cierto modo, el populismo antes del populismo.
Fran Ruiz Vargas es politólogo y consultor político granadino. Cofundador y codirector de El Patio Político.
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