«La derecha no ha perdido votantes, ha perdido brújula». Entrevista a Armando Zerolo y Beatriz Becerra
Entre la reacción y el proyecto, la derecha busca su lugar. Hablamos con dos de los autores del libro "La derecha desnortada".
Armando Zerolo (web) es profesor de Filosofía Política y del Derecho en la Universidad San Pablo-CEU. Estudió Derecho y luego CCPP. En Paris I, Sorbonne, realizó un posgrado en Derecho y Economía, y concluyó su tesis doctoral en las Universidades de Wuerzburg, Alemania, y Notre Dame, EEUU. Se ha especializado en la historia política del liberalismo y en movimientos políticos del siglo XX. Es autor de Génesis del Estado Minotauro, La Monarquía Constitucional según Chateaubriand o Época de idiotas. En la actualidad da clases en la Facultad de Derecho, USP-CEU, escribe, y colabora en medios como El Español y 13TV.
Beatriz Becerra es Doctora en Derecho, Gobierno y Políticas Públicas. Desarrolló su carrera profesional en el ámbito del marketing y la comunicación a lo largo de más de veinte años, como directiva en grandes multinacionales como CBS, Paramount-Universal, Disney y Sony, así como en Acción contra el Hambre. Ha escrito y publicado tres novelas: Las criadas de Caifás, La reina del Plata y La estirpe de los niños infelices. Sin ningún tipo de actividad política previa, en marzo de 2008 se afilió a UPyD partido en el que fue miembro del Consejo de Dirección y responsable de comunicación. Desde 2016 hasta 2019 fue eurodiputada independiente dentro de ALDE, ocupando el cargo de vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo y miembro de las comisiones de Desarrollo, Peticiones y Derechos de la Mujer e Igualdad de Género. Es cofundadora y vicepresidenta de España Mejor.
Zerolo es el coordinador del libro La derecha desnortada: Una reivindicación liberal frente a la tentación autoritaria. Otros autores son José F. Peláez, David Jiménez Torres, Beatriz Becerra, María Blanco, Joseba Louzao, Javier Redondo, Juan Fernández Miranda y Jorge Raya. Preguntamos por el libro y sus ideas a su coordinador y a Becerra:
En el libro habláis de reivindicar el liberalismo frente a la tentación autoritaria. ¿Estáis sugiriendo que parte de la derecha contemporánea ha empezado a sentirse más cómoda con discursos iliberales? ¿A qué sería debido?
ARMANDO ZEROLO: Sí, eso estamos sugiriendo. Hay una derecha iliberal que es reconocible al menos por dos signos. El primero, la fascinación por la realpolitik, el personalismo y el decisionismo frente a un mundo ordenado por reglas. Y el segundo, una fatiga por la convivencia y la reivindicación de un nuevo orden moral, como si ya no tuviese ganas de favorecer el encuentro de las diferencias, y se lanzase a resolver los problemas haciendo una enmienda a la totalidad del presente. Hay múltiples causas. Una de ellas, como explican por ejemplo Juan Fernández-Miranda, José F. Peláez, Javier Redondo o Joseba Louzao en sus respectivos capítulos, es que hay una derecha que siempre ha sido así y que ahora reclama su derecho, en nombre de la valentía, de seguir siéndolo. Siempre ha habido una derecha iliberal que se ha llevado muy mal con la derecha liberal. Otra causa podría ser que se haya contagiado de la extrema izquierda y sus maneras después de tantos años de batalla cultural. Hay una izquierda desencantada que ha encontrado cobijo en la derecha y opera desde ella, pero todavía desde un marco interpretativo de izquierdas. Hay, por tanto, una izquierda desencantada que se siente legitimada para aleccionar a la derecha y con autoridad para decirle a la derecha cómo debería combatir con eficacia a la izquierda. La extrema derecha se parece en demasiadas cosas a la izquierda más radical. Pero para ser de derechas no basta con estar en contra del nacionalismo catalán, de Pedro Sánchez o de la ideología Woke. También es necesario no parecerse demasiado a aquello que se combate.
BEATRIZ BECERRA: En mi opinión, más que una comodidad lo que se percibe es una pérdida de orientación. Si entendemos la política como navegación, hoy la derecha tradicional ha dejado de distinguir entre tres planos: los principios —el norte que no cambia—, el clima social —el viento— y el rumbo —la decisión política. Cuando se confunde el viento con la dirección, aparece la deriva. Y ahí es precisamente donde surge la tentación iliberal: en la política que deja de decidir y empieza simplemente a reaccionar. El liberalismo exige algo más difícil que ganar, exige limitarse, someterse a reglas, sostener instituciones incluso cuando incomodan. Cuando ese esfuerzo desaparece, lo iliberal no irrumpe como ruptura, sino como atajo.
Recuperáis la expresión “épocas estúpidas” para explicar momentos históricos en los que las sociedades parecen empujar al poder a líderes que encarnan sus peores impulsos. ¿Creéis que estamos viviendo una de esas épocas en Occidente?
AZ: Si la historia no se repite, al menos sí que rima. Se ha extendido el criterio por el cuál se da carta de legitimidad a los populismos por la simple razón de que obtienen un cierto recorrido electoral. Es decir, que se piensa que si les votan es porque algo de razón tendrán. Esto es absurdo. Ya lo explicó Gustave Le Bon cuando describió sobre la sociología de las masas, y también Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. Otorgar carta de racionalidad a movimientos emotivistas es el gran error de algunos analistas y estrategas. Es necesario un liderazgo que sea capaz de resistirse a los movimientos de las masas.
BB: La estupidez es un material crítico para rellenar huecos. Y la globalidad de un mundo interconectado lleno de grietas ha hecho que pueda expandirse por todos los rincones. Estamos en un momento en el que la política emocional ha sustituido a la política de proyecto. Y eso no tiene que ver con falta de inteligencia individual, sino con la renuncia a ordenar la complejidad. Hoy es más fácil encontrar discursos airados que propuestas, más gestos que planes. Y cuando el marco lo fija la indignación, los liderazgos que prosperan no son los que explican mejor la realidad, sino los que la simplifican mejor. Y ahí es donde se banaliza el riesgo: no en la existencia de esos liderazgos, sino en la normalización de sus premisas.
Si la derecha está “desnortada”, como indicáis, ¿quién ha marcado ese rumbo equivocado: los partidos, los votantes o las élites intelectuales que durante años definieron ese espacio político? Es decir, ¿es también un problema moral o intelectual más profundo?
BB: Para mí es, sobre todo, un problema de propósito. La derecha no ha perdido votantes, ha perdido brújula, porque durante años ha dejado de ofrecer un proyecto reconocible de país para refugiarse en la reacción. Y cuando no defines rumbo, otros acaban definiendo el mapa. En realidad, no se trata de un problema táctico, sino más bien estructural. Cuando la derecha democrática renuncia al relato moral, es incapaz de disputar debates como la igualdad o la justicia social, y condiciona su visión y propuesta política al corto plazo, se convierte en una (cada vez más dudoso) posible gestor, pero desde luego en nada que inspire ni convenza. Y hoy gestionar bien ya no basta, hay que ofrecer imaginación y futuro.
AZ: No creo que obedezca a una causa moral más profunda. La realidad en España es que la normalidad está infrarepresentada. Los españoles somos un pueblo muy normal, poco polarizado en lo sociológico, y muy cabreado en lo político. Los españoles no apostamos ni por el conflicto, ni por el odio ni por la ruptura. Pero estamos cansados de algunos políticos que utilizan las instituciones para dividir. Por tanto, si se trata de buscar culpables, me inclinaría por indicar una falta clara de un liderazgo que sea capaz de representar la exigencia de moderación. La incapacidad de Vox de flexibizar sus propuestas maximalistas para llegar a acuerdos de gobierno, o el muro sanchista para acorralar al bloque de derechas, produce un gran desgaste democrático y una desconfianza generalizada en la clase política.
Relacionáis ese fenómeno con el auge de líderes y partidos como Trump, Orban, Meloni, Vox o AfD. ¿Qué tienen en común, en vuestra opinión, estos movimientos para que los interpretéis como parte del mismo fenómeno político?
BB: Básicamente comparten una misma lógica: convertir la emoción en estrategia política. No es solo nacionalismo o identidad, es un cambio de método. Se sustituye la complejidad por la simplificación, la institución por el liderazgo fuerte y el proyecto por la reacción. Pero es muy importante subrayar algo: el populismo antisistema de derechas no es una evolución de la derecha conservadora clásica, y mucho menos del liberalismo conservador. Es, en muchos aspectos, su antítesis, porque cuestiona precisamente aquello que la derecha democrática ha contribuido a construir: el Estado social de derecho, las reglas compartidas y los consensos básicos.
AZ: Lo que tienen en común, como señala María Blanco, es la parte más irracional y, por tanto, la más difícil de explicar. Se aprovechan, como el parásito, de la parte más débil del organismo huesped. ¿Cuál es? El sentimiento de pérdida generacional. Más de dos tercios de la población occidental piensa que lo mejor ya ha pasado, y que lo que está por venir será peor. Hay una filosofía de la historia decadentista que nos corroe por dentro. El romanticismo político surge de nuevo para alimentar el peor nacionalismo como ya lo hizo hace un siglo. El movimiento MAGA es esto, es ese sentimiento de pérdida, unido al victimismo y a la necesidad de revancha contra un enemigo ficticio. Algo que comparte con el nacionalismo de izquierdas, como en España el vasco o catalán, que argumenta que se ha perdido la identidad nacional porque alguien se la ha robado, y que hay que actuar en consecuencia para recuperarlo. El elemento común, por tanto, en Trump, Orban, Meloni o Abascal es el nacionalismo, que es precisamente aquello contra lo que se ha levantado tantas veces la derecha liberal.
Planteáis que dentro del bloque conservador se ha producido una escisión entre una derecha liberal y otra nacional-populista. ¿Es una ruptura pasajera o estamos ante una redefinición duradera de lo que será la derecha europea?
AZ: En realidad lo que planteamos es que la escisión entre la derecha liberal y la derecha nacionalista es lo natural, y lo que resulta incomprensible es que se pueda plantear que dos realidades antagónicas se puedan plantear como complementarias. Sería como mezclar amoniaco con lejía en un mismo recipiente. Esta confusión será todo lo pasajera que quiera que lo sea la derecha liberal. Si el nacionalismo de derechas no encuentra oposición, ocupará el espacio libre, pero si, como en Dinamarca, o tímidamente ahora en España, se plantea un proyecto sólido, el nacionalismo lo tendrá difícil porque la memoria de la catástrofe provocada por los nacionalismos sigue muy viva y la mayoría de la gente no quiere volver a recorrer ese camino.
BB: Estoy de acuerdo. No es una cuestión de tiempo, sino de decisión. Volviendo a nuestro código de navegación: la diferencia entre deriva y viraje es el liderazgo. Se puede corregir el rumbo o se puede dejar que lo marque el entorno. Si la derecha liberal no afirma con claridad su proyecto, el espacio lo ocuparán otros. Pero esa afirmación no puede ser solo defensiva. Debe construirse sobre pilares reconocibles: libertad como autonomía responsable, Estado de derecho sin ambigüedades, mercado con justicia social, sociedad civil fuerte y un patriotismo cívico que incluya, no que excluya.
Sugerís que parte de la derecha ha decidido copiar discursos populistas cuando cree que pueden tener rendimiento electoral, por ejemplo en cuestiones como inmigración. ¿Ese mimetismo es oportunismo electoral o evidencia una crisis más profunda de ideas?
BB: El mimetismo es la expresión más clara de la desorientación. Cuando no tienes rumbo, ajustas las velas al barco que hace más ruido. Pero esa estrategia tiene un efecto claro: no amplía mayorías, las encoge. Además, aunque la política del algoritmo premia la emoción, la democracia exige proyecto. De modo que competir con el populismo desde el populismo siempre acaba reforzándolo. La alternativa no es parecerse más, sino ofrecer algo distinto y mejor articulado.
AZ: En España, como señala David Jiménez Torres, el antisanchismo le ha ahorrado a la derecha realizar un debate interno que ayude a aclarar en qué se diferencia un proyecto liberal de uno nacionalista. La batalla contra el nacionalismo catalán y contra Sánchez ha prorrogado indefinidamente la pregunta por las diferencias en el seno de las derechas, y ha provocado que se produzca una confusión de proyectos. Cuando electoralmente el resultado ha sido el crecimiento de la extrema derecha, la derecha tradicional ha creído entender que esto se debía a una exigencia electoral y ha decidido que lo mejor sería parecerse a su rival. Como esta estrategia ha resultado ser una catástrofe que ha provocado la subida exponencial de la extrema derecha, ahora se está produciendo, por fin, un debate sobre la verdadera naturaleza de un proyecto liberal-conservador.
El libro critica la deriva de parte de la derecha, pero también lanza un mensaje a la izquierda: que la democracia no es monopolio suyo y que su supremacía moral puede alimentar reacciones contrarias. ¿Hasta qué punto creéis que la polarización actual es un fenómeno de acción-reacción entre ambos bloques?
AZ: En esto coincidimos todos los autores del libro. La derecha y la izquierda son dos pulmones de un mismo organismo. Si el PSOE de Zapatero decidió arrinconar a la derecha con el pacto del Tinell y, desde entonces, llevar como política la ruptura de los pactos de Estado, hasta llegar al sinsentido de la legislatura del muro, es comprensible que se haya producido una reacción contra una izquierda que tacha a cualquier cosa que se encuentre al otro lado de fascista, antidemocrática o autoritaria. La democracia española, como explica Juan Fernández Miranda, también la hicieron “desde dentro” algunos protagonistas del franquismo, y la hicieron para todos los españoles, no solo para los suyos. La izquierda debe recordar esto y no atribuirse el monopolio de la democracia ni de la moral. En España no habría democracia si no hubiese sido por la labor histórica de la derecha, y la izquierda radical no puede obviar esto constantemente.
BB: A mi juicio, se trata de un proceso interactivo, pero no simétrico en sus responsabilidades. La izquierda se equivoca cuando pretende monopolizar la legitimidad democrática. Y la derecha se equivoca cuando responde abandonando sus propios estándares. La democracia no se defiende rebajándola, al contrario. Se defiende elevando el nivel, reconstruyendo espacios de acuerdo, fortaleciendo instituciones y ofreciendo alternativas creíbles. Sin una derecha reformista y sin complejos, el debate público se empobrece y la polarización se convierte más en estructura que en aditivo.
Algo muy interesante es que La derecha desnortada reúne autores de perfiles distintos. ¿Hay consenso entre vosotros/as sobre el diagnóstico de la crisis de la derecha o también hay desacuerdos? Y, si es así, ¿en qué?
AZ: No he detectado desacuerdos, sino diferencias de enfoques. María Blanco pone el acento en la descripción psicológica del desnorte; Javier Redondo en la pérdida de referencias de la derecha liberal conservadora anglosajona y francesa; Joseba Louzao en el olvido de la cuestión religiosa; Beatriz Becerra en el olvido de un proyecto para hacer mejor a España; David Jiménez en el descuido de un debate en el seno de la derecha a causa de una reactividad contra el nacionalismo catalán; José F. Peláez en el descuido de un liberalismo que siempre ha sido excepción y nunca ha sido norma; Jorge Raya en el peligro que tienen las derivas totalitarias para libertades como la expresión o la información; Juan Fernández Miranda en el olvido de la ingente tarea de reconciliación que hicieron algunos durante la Transición; o yo mismo cuando señalo que dos realidades que nacieron como antagónicas no pueden presentarse como complementarias.
BB: Creo que la mayor contribución de esta obra coral es que hay una idea compartida, aunque expresada desde ángulos distintos: la desorientación de la derecha es un profundo problema democrático, no partidista. En mi caso, el énfasis está en la necesidad de reconstruir un proyecto, porque no basta con resistir ni con gestionar. Una derecha del siglo XXI tiene que imaginar, tiene que inspirar y tiene que volver a conectar libertad con igualdad sin complejos. Porque, al final, la política no es solo ganar elecciones, es decidir el rumbo de la travesía que te han encargado realizar con éxito. Y hoy la pregunta no es tanto quién ocupa el poder, sino quién define el futuro.
Entrevista realizada por Xavier Peytibi.
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