«La extrema derecha ofrece falsa comunidad frente a un mundo roto». Entrevista a Pablo Stefanoni
El autor de "¿La rebeldía se volvió de derecha?" y "Un fantasma recorre el mundo" reflexiona sobre extrema derecha, fascismo, wokismo, crueldad política y los límites actuales de la izquierda.
Pablo Stefanoni nació en Argentina en 1972 y es uno de los ensayistas y analistas políticos latinoamericanos más interesantes para entender las mutaciones ideológicas de nuestro tiempo. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, combina desde hace años la investigación académica, el periodismo y el análisis de coyuntura. Es jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y colabora habitualmente con medios como Le Monde diplomatique y El País. Entre sus libros más conocidos se encuentran Los inconformistas del Centenario (sobre los años 30 bolivianos), Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución rusa (junto a Martín Baña) y, sobre todo, ¿La rebeldía se volvió de derecha?, una de las obras más influyentes de los últimos años para comprender por qué una parte de la energía antisistema e inconformista ha pasado del lado progresista al conservador o reaccionario.
En su nuevo e interesante libro, Un fantasma recorre el mundo. Cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla), publicado por Siglo XXI en 2026, Stefanoni vuelve sobre una de sus grandes preocupaciones intelectuales: el avance global de las derechas radicales y la dificultad de las izquierdas para disputar con eficacia el malestar, la imaginación política y el deseo de futuro.
El libro parte de una idea central: la extrema derecha contemporánea ya no puede entenderse únicamente como una fuerza nostálgica, marginal o defensiva. Al contrario, ha aprendido a presentarse como una corriente dinámica, transgresora y capaz de hablar el lenguaje emocional de la época. Su éxito no reside solo en sus programas políticos, sino en una maquinaria cultural que mezcla provocación, redes sociales, guerra ideológica, resentimiento, humor, épica libertaria y promesas de restauración. Stefanoni analiza cómo esa máquina reaccionaria convierte el miedo, la frustración y la desconfianza en una energía política movilizadora.
Frente a la idea cómoda de que el nuevo reaccionarismo es solo una repetición del fascismo clásico, Stefanoni propone una mirada más precisa. Las derechas actuales combinan elementos antiguos (autoritarismo, nacionalismo, antifeminismo, racismo, anticomunismo) con lenguajes nuevos: cultura digital, estética meme, crítica al “wokismo”, defensa abstracta de la libertad, fascinación tecnológica y desprecio por los consensos democráticos liberales. En ese cruce aparecen figuras como Donald Trump, Javier Milei o los magnates tecnológicos de Silicon Valley, pero también una constelación más amplia de influencers, think tanks, medios alternativos y activistas culturales.
Pero el libro no se limita a describir el avance reaccionario. También interpela a las izquierdas y a los sectores democráticos. Stefanoni advierte que no basta con denunciar el extremismo, defender el “mal menor” o confiar en que la realidad desacreditará por sí sola a estas derechas. La máquina reaccionaria tiene capacidad de producir entusiasmo, identidad y sentido de pertenencia. Por eso, combatirla exige algo más que indignación moral: requiere reconstruir lenguajes populares, conectar con los malestares materiales, recuperar imaginación política y disputar el deseo de cambio.
Le pregunto por este último libro y por otras reflexiones:
Usted describe unas derechas que pueden ser transgresoras, juveniles, digitales, provocadoras, incluso con líderes mujeres o perfiles que rompen la imagen tradicional del conservador viejo y aburrido. ¿La izquierda ha subestimado el atractivo cultural de estas derechas?
Creo que para comprender el fenómeno de las extremas derechas o nuevas derechas radicales hay que partir de la crisis de las derechas conservadoras tradicionales. Si bien hay trasvases de votos de la izquierda a las nuevas derechas, su emergencia es proporcional a la crisis de los liberal-conservadores. Anne Applebaum, admiradora de Reagan y Thatcher, lo graficó muy bien cuando contó que la mayoría de sus amigos, a los que invitó a celebrar el año 2000 en Polonia y pensaban más o menos como ella, más tarde se hicieron pro-Brexit, trumpistas, orbanistas… O sea, existió un sorpasso de las derechas “alternativas” a los liberal-conservadores o neocons. Eso ocurrió en Estados Unidos, en Chile, en Argentina, en Francia, ahora en Colombia… muchas de esas derechas más moderadas quedaron presas de un mundo —el de la globalización optimista de los 90, resumido en el fin de la historia— que ha quedado atrás.
Luego cabe la pregunta de por qué estas derechas son tan atractivas y ponen en aprietos a las izquierdas. Alguna vez traté de resumirlo diciendo que estas no son las derechas que el progresista querría. Son en efecto demasiado transgresoras —podríamos decir que Reagan y Thatcher también lo fueron en su época, contra los consensos keynesianos, pero luego sus ideas se fueron normalizando y en definitiva fueron más sistémicas—.
La izquierda no lo vio venir, pero nadie lo vio venir. Cada elección viene siendo una “sorpresa” —el Brexit, Trump, Milei…—. Muchos decían que Abelardo de la Espriella tendría un techo bajo; muchos uribistas creían eso. Estas derechas han logrado convencer a muchos de que representan a la gente común contra las élites, que son las verdaderas defensoras de la libertad, y mezclan utopías con retroutopías. El problema del progresismo es que a menudo se siente desconcertado a la hora de hacerles frente. En muchos casos no funciona la tradicional estrategia de “desenmascarar” al adversario: cuando Milei dice que la justicia social es una mierda y defiende la desigualdad, no hay nada que develar. Claro que estas derechas no son antielite, o mejor dicho, su enfrentamiento con las élites es muy selectivo —intelectuales, políticos tradicionales, etc.— mientras defienden a los ultrarricos o sus propios referentes son ricos. Por ahora resultaron efectivas en su “batalla cultural”, que trasciende las llamadas discusiones “valóricas” y abarca el conjunto de la vida social. Pero que sean efectivas no significa que ganen siempre ni que no haya resistencias. Ni que cuando ganan todo vuelva atrás. No ocurre eso. Basta ver la potencia que mantiene el feminismo en América Latina, incluso cuando ganan estas derechas. No hay que subestimarlas ni tampoco sobreestimarlas. Esto último conduce a una excesiva autoflagelación de la izquierda, sin demasiada productividad política.
En el libro aparecen figuras como Agustín Laje y su crítica a las “derechitas cobardes”. ¿Qué papel cumplen hoy estos intelectuales o influencers?
Tienen un papel muy importante. Agustín Laje es un buen polemista y vende una suerte de enlatados antiprogresistas listos para usar. Eso es muy útil y por eso es invitado regularmente por las derechas de toda la región. Tiene casi un millón de seguidores en X y aún más en Instagram, convoca a miles de personas en sus intervenciones virtuales, le disputa al progresismo las ferias del libro. Es un cruzado contra la “ideología de género” y el “marxismo cultural”. También el chileno Axel Kaiser —que es parte de la Fundación Faro de Laje— es importante en este ecosistema, aunque con menos seguidores e impacto. Su libro Parásitos mentales —que pueblan, según él, los cerebros progresistas— fascinó a Milei. Tanto que lo invitó a dar una clase de “batalla cultural” a todo el equipo económico del gobierno argentino, incluido el Ministerio de Economía y el presidente del Banco Central. La Fundación Faro recibe mucho dinero de donaciones empresariales bastante opacas, gracias al apoyo de Milei desde el gobierno. Pero, como trato de mostrar en el libro, existen hoy oligarcas-intelectuales, como los llamó Evgeny Morozov, que tienen infinitamente más recursos y capacidad de influencia. Basta pensar en Elon Musk o Peter Thiel, capaces no solo de difundir ideas, sino de utilizar sus gigantescas fortunas para apalancar sus utopías o distopías reaccionarias a escala planetaria.
Usted explora la idea de Martin Gurri sobre “la rebelión del público”: el choque entre instituciones debilitadas y públicos hiperconectados. En el libro aparece también el concepto de “hiperpolítica”: más politización, más conversación política, más indignación, pero menos capacidad de producir consecuencias institucionales. ¿La extrema derecha ha entendido mejor que nadie esa rebelión contra mediadores (partidos, medios, universidades y expertos)? ¿Ofrece una falsa salida a esa impotencia colectiva?
No sé si lo ha entendido mejor, pero sin duda lo expresa mejor. Creo que la extrema derecha conecta con ciertas sensibilidades y “pasiones tristes”, canaliza frustraciones, alimenta el resentimiento. La radicalización actual viene de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Por ejemplo, la campaña de Milei fue muy básica: en gran medida la gente “creó” a Milei para enfrentar al sistema político. Milei existía como un economista excéntrico y por momentos grotesco. Marx habla de las “circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”, refiriéndose a Luis Bonaparte. Muchos consideran hoy que estaba subestimando al personaje, que cumplió un papel muy importante en la construcción de la Francia moderna. Pero más allá de las discusiones sobre Francia, la frase es productiva para pensar la relación entre el personaje y la historia, y por qué en diversos momentos la gente inviste a un líder con atributos que parecen exagerados o inmerecidos.
La idea de Gurri es interesante para pensar un contexto de inestabilidad: él dice que el choque entre el “público” y el viejo sistema industrial (con sus periódicos, partidos, intelectuales, etc.) posiblemente no se resuelva. Eso conecta bien, en mi opinión, con nuevas formas de politización que analiza Anton Jäger y llama hiperpolítica. La intensidad de estas formas de política no se correlaciona directamente ni con un mayor compromiso cívico ni con la capacidad de cambiar las cosas. No solo la izquierda “no puede”; la derecha, como mencionaba antes, tampoco puede tanto cuando gobierna.
Las derechas radicales conectan bien con el malestar y se estabilizan al mismo tiempo como fuerzas políticas, pero hasta ahora no hay ejemplos de construcción de un nuevo orden por estas derechas y podemos tener dudas sobre su capacidad para lograrlo. Eso no significa, sin embargo, que no puedan envenenar la conversación pública, debilitar instituciones nacionales y globales, y provocar retrocesos democráticos. Como muestra el ICE de Trump, la brutalidad no es necesariamente eficiente: las deportaciones no fueron mayores que en anteriores administraciones, pero fueron más crueles, detuvieron a gente con años y hasta décadas de residencia en Estados Unidos y estuvieron acompañadas de un discurso fascista.
En Un fantasma recorre el mundo se cita la idea de “malismo” (la exhibición pública de la crueldad como propaganda). ¿Por qué hoy ciertos líderes ya no ocultan la crueldad, sino que la convierten en una prueba de autenticidad, valentía o libertad?
El marketing de la crueldad —o lo que el artista español Mauro Entrialgo llamó “malismo” en un libro que lleva ese nombre— es muy efectivo. Nayib Bukele llevó esto al paroxismo con sus distópicas e inhumanas megacárceles. Incluso creó una forma de turismo carcelario, en el que se explica a los visitantes —influencers, funcionarios de seguridad extranjeros, etc.— que los presos no tienen baños propiamente dichos ni colchones, que la comida es asquerosa, que casi no pueden ver la luz del sol; un elogio sin tapujos a la tortura. Y Bukele es muy popular en América Latina precisamente por eso. Milei dijo que echó a más empleados públicos de los que realmente despidió; el alcalde de Buenos Aires muestra imágenes de malismo explícito en las que la policía les confisca sus productos a personas que apenas se ganan la vida como vendedores callejeros; como decíamos, el ICE hace alarde del daño que provoca. La reciente extensión en Europa del eslogan de la remigración —con resonancias de las deportaciones nazis— es muy significativa al respecto. En otra escala podríamos incluir a Palestina —la derecha israelí no solo no oculta sus intenciones genocidas, sino que las publicita de una manera inédita—. De hecho, dediqué un capítulo al vínculo entre las extremas derechas e Israel y a cómo esto está cambiando las coordenadas políticas de la posguerra. No hay forma de entender a las actuales derechas radicales sin mirar hacia Israel.
En síntesis: el marketing de la crueldad compensa las dificultades que existen para resolver los problemas. Si no se puede resolver el problema de la seguridad, es mejor escuchar a un político que propone balazos para todos que a otro que dice que todo es más complejo; si la economía está estancada y el futuro aparece sombrío, la idea de echar a todos los inmigrantes y discriminar a sus descendientes como chivos expiatorios puede ser atractiva. Ya conocemos la historia: los años 20-40 son un buen ejemplo de la productividad política del marketing de la crueldad.
Una parte central del libro parece preguntarse si esto es fascismo, posfascismo, fascismo tardío, nacionalismo del desastre o algo todavía sin nombre. ¿Qué se gana y qué se pierde cuando usamos la palabra “fascismo” para hablar de las derechas actuales?
Hay varias paradojas aquí: muchos de quienes apelan al término fascismo sostienen que hay que aprender de la historia, pero los historiadores del fascismo son los más cautelosos o directamente contrarios al uso del término. Aprender de la historia no significa que esa historia nos dé necesariamente las herramientas para enfrentar los nuevos peligros. Las amenazas están siempre cargadas de novedades. Aun así, es inevitable no pensar en el fascismo o en el peligro fascista cuando miramos a nuestro alrededor. El término fascismo funciona como una alarma; todos conocemos su significado. Y en ese sentido puede ser útil si no se abusa de él. Pero, a la vez, opaca otras cuestiones. ¿qué pasa cuando ganan las derechas radicales y sus gobiernos no “parecen” fascistas? ¿Nos sirve para pensar las amenazas antidemocráticas de los oligarcas de Silicon Valley? ¿Cómo incluir en él a regímenes como el chino, que utiliza las nuevas tecnologías con vocación totalitaria? Muchos de quienes denuncian a diario a las extremas derechas —y hablando de fascismo— idealizan el modelo chino.
En el libro aparecen autores que critican el wokismo desde la izquierda, como Fredrik de Boer o Susan Neiman. ¿Cree que el wokismo existe como fenómeno reconocible o funciona más bien como un significante que permite a la ultraderecha llamar amenaza existencial a cualquier avance progresista?
Mi posición es que el wokismo sí existe, pero en una dimensión mucho menor —y más complicada— de lo que suponen muchos análisis; y no es necesariamente un problema de la izquierda en sentido estricto. Me distancio tanto de quienes dicen que el wokismo es un invento de la derecha como de quienes denuncian desde esta última que es una amenaza para la humanidad. En el libro reconstruyo la genealogía del término y sus mutaciones más actuales. Trato de navegar las complejidades, las tensiones, las ambigüedades. Intento poner en cuestión la moralización de la política y el sermoneo progresista sin caer en fórmulas fáciles —y, en mi opinión, falaces— del estilo de “la izquierda no es woke”. Y, sobre todo, abordo la forma en que se manipula el término en los engranajes de la maquinaria de guerra ideológica reaccionaria.
Si la extrema derecha logra canalizar ira, resentimiento, humillación y sensación de pérdida, ¿qué debería hacer la izquierda?
Es evidente que no existe un Qué hacer, como el que escribió Lenin, con la convicción necesaria para trazar un rumbo. Hoy la tradicional división reforma/revolución se ha desdibujado. Los revolucionarios no hacen revoluciones y los reformistas no reforman nada. La derecha parece más “leninista” que la izquierda en términos de “optimismo de la voluntad”. Personalmente, creo que hay que buscar en la tradición socialista democrática —que va mucho más allá de la socialdemocracia, hoy un movimiento sin alma y con pocas ideas— para recuperar las dimensiones materiales de la política y repensar la lucha de clases a partir de nuevas temáticas. La salud pública, el acceso a la vivienda, la precarización, las diferentes formas de alienación son cuestiones centrales incluso en el Norte global y son temas de la izquierda. El debate wokismo/identidad vs. clase es, en mi opinión, completamente fútil y contraproducente.
La izquierda no solo era un conjunto de partidos: era un mundo (político, sindical, cultural, artístico, revisteril), con ciertas formas prefigurativas del futuro anhelado. Ese mundo ha desaparecido. No es posible reconstruirlo tal como era —eso es pura melancolía—, pero la demanda de “comunidad” es muy fuerte. La derecha ofrece naciones excluyentes, volver a pasados supuestamente “dorados”. En América Latina —y cada vez más en Europa entre los inmigrantes— los evangélicos pentecostales construyen sus propias redes interpersonales. La izquierda no aporta mucho en este sentido. Pero, pese a todos los pronósticos, la izquierda no ha desaparecido. Hay elementos interesantes de victorias municipales de izquierda (Nueva York, zonas de la periferia parisina de base multicutural, País Vasco, etc.); hay jóvenes que se repolitizan con la causa palestina —una suerte de universal concreto de las iniquidades globales—, incluso muchos jóvenes judíos estadounidenses están releyendo la historia del Bund, el partido socialista judío del Imperio Ruso. Se dice mucho —y yo contribuí a ello— que hoy hay muchos jóvenes se sienten atraídos por las derechas radicales, pero se dice menos que la reacción contra esas derechas también es joven. La izquierda ha dejado de mirar hacia sus propias tradiciones; pedalea muchas veces en el aire. Y quienes miran hacia atrás muchas veces lo hacen con pura nostalgia, a veces meramente estética. No deja de ser curioso el “neosovietismo” de un —espero que pequeño— sector de las izquierdas, que incluye una versión Instagram, a menudo con música coldwave de fondo.
Entrevista realizada por Xavier Peytibi.
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Excelente