«La política ha pasado de debatir ideas a rechazar al adversario». Entrevista a Gonzalo Sarasqueta
En la era del enfrentamiento total, tender puentes con el adversario se ha convertido en un acto contracultural. Entrevistamos al autor de "Las otras verdades, siete relatos sobre la amistad política"
Gonzalo Sarasqueta (@gogosarasqueta) es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata. Ha realizado una maestría en Periodismo en la Universidad de Barcelona y en Columbia University, y una maestría en Análisis Político en la Universidad Complutense de Madrid, donde también obtuvo el Doctorado en Ciencias Políticas y de la Administración y Relaciones Internacionales. Actualmente, es director y profesor del Máster oficial en comunicación política y empresarial de la Universidad Camilo José Cela, donde también es director del Laboratorio Digital de Narrativas Políticas y profesor de grado. Sus líneas de investigación son las narrativas políticas y las redes sociales. Ha colaborado con diferentes medios de comunicación: Infobae, La Nación, Perfil, La Vanguardia (España) y NTN 24 (Estados Unidos). Ha sido coautor y compilador del libro Fantasmas de palacio: escritores de discursos presidenciales de América Latina (2022) y del libro En la nave de la ciberdemocracia: polarización, sesgos y mediatización en la era digital (2023).
Acaba de publicar Las otras verdades, el primer trabajo que combina el ensayo con recursos de la ficción y de la historia y que presentó el pasado mes de marzo en Madrid.
Le pregunto por este último libro y por otras reflexiones:
Tu libro reivindica la amistad en política en un momento de alta polarización. Hoy, ¿hay menos amistades o simplemente han dejado de ser visibles? ¿crees que las nuevas generaciones de políticos están menos predispuestas a construir relaciones personales con adversarios, o simplemente lo hacen de otra manera?
Creo que en los últimos años ha aumentado la temperatura del debate público, lo que dificulta enormemente los lazos afectivos entre los “distintos”, tanto en la esfera política como en la sociedad. Hemos pasado de la polarización temática —cuando la sociedad se divide en dos posturas opuestas frente a una política pública— a la polarización ideológica, en la que dos partidos o coaliciones representan sistemas de ideas y creencias contrapuestos, y de allí a la polarización afectiva, donde la confrontación es total, penetra en todas las dimensiones de la vida y prevalece el rechazo hacia el otro por sobre la simpatía hacia el propio proyecto. Por ejemplo, veamos el caso de España:
-Polarización temática: decisiones de los gobiernos de Zapatero como la ley de aborto inducido (2010), la ley de matrimonio igualitario y la primera ley de memoria histórica.
-Polarización ideológica: la movilización de los indignados (2011) y la irrupción de Podemos en 2014, hasta la moción de censura que fractura a los partidos tradicionales articuladores de la democracia española: PP y PSOE (“un gobierno nacido de la ilegitimidad”, según los populares).
-Polarización afectiva: desde ese momento, la confrontación se radicaliza, con carga moralizante, y se articula desde los extremos políticos. Vox es el ejemplo patente de esto.
Argentina ha tenido un recorrido parecido al de España, solo que desemboca en otra figura: Javier Milei. Y así podemos analizar diversos países de Occidente.
Aparte de la discreción, ¿cómo se comunica una relación de respeto con el adversario sin que tu propio electorado la perciba como cesión o debilidad?
Es que, además de consumir opinión pública, los líderes también deben crearla. De vez en cuando, dejar las encuestas en el escritorio y animarse a modificar comportamientos, sesgos y prejuicios en la ciudadanía. En un clima de polarización y estrés para las democracias representativas liberales, es esencial que los actores políticos actúen de manera contracíclica, en lugar de simplemente seguir la corriente. Uno de los mejores servicios que podrían ofrecer hoy los líderes es cruzar el río y acercarse al otro; dialogar, escucharlo y comprenderlo. Con frecuencia, formamos percepciones sobre las demás basadas en creencias de segundo orden —lo que creemos que piensan— y no en creencias de primer orden —lo que realmente piensan—, lo que genera una falsa polarización y nos aleja de la subjetividad real del otro. Esta conducta no solo responde a una ética kantiana, sino también a un cálculo estratégico: dialogar y tender puentes puede ser un diferencial político en el contexto actual. Gabriel Rufián y Vito Quiles ofrecen ejemplos de cómo esto puede funcionar en la práctica.
De todas las amistades que recoges en el libro, ¿cuál te resultó más sorprendente o contraintuitiva, y por qué?
La que tejieron Margaret Thatcher y Gorbachov. Son los que produjeron el deshielo de la Guerra Fría. Es una amistad que nace del cálculo y termina en lo genuino. Además, sus carreras políticas, desde la cima hasta el ocaso, van juntas. Ambos conocen el clímax en la década del ochenta y, después de ser traicionados por sus partidos, “besan la lona” en los años noventa. Algo interesante entre ellos es que nunca disimularon sus diferencias. Simplemente las aparcaban. No fue un proceso dialéctico, de tesis, antítesis y síntesis. Más allá de obvias alteraciones, sus distintas posturas sobre cómo debe ejercerse el liderazgo y sobre el modelo económico-político de una sociedad convivieron con el afecto hasta el final. Y, además, en relación con la anterior pregunta, destaco a Gorbachov como ese líder que supo enfriar la historia. Y hay que ser justos con esos revolucionarios sin camisetas estampadas ni pins. No tienen la épica de destapar un estallido sociopolítico, pero sí la de refrigerar los ánimos y encauzar la trama. Eso también es un cambio radical.
Si llevamos tus casos al presente, ¿qué líderes actuales crees que encarnan —o podrían encarnar— ese tipo de vínculos transversales?
Difícil. No abundan los casos. O, por lo menos, de grandes figuras políticas. Pero me quedaría con el abrazo entre los expresidentes uruguayos José Mujica (Movimiento de Participación Popular, Frente Amplio) y Julio María Sanguinetti (Partido Colorado). Dos históricos adversarios que entraron por puertas distintas a la vida pública uruguaya —el primero, con Tupamaros, eligió la lucha armada; el segundo hizo carrera en uno de los partidos más tradicionales del país— y salieron por la misma puerta: convencidos de que el diálogo entre diferentes no es una debilidad, sino una oportunidad. Así lo demuestran en el libro Horizonte: conversaciones sin ruido entre Sanguinetti y Mujica (2023).
En tu análisis, ¿la amistad es causa de los acuerdos políticos o más bien una consecuencia de ellos? Es decir, ¿qué suele venir antes: el vínculo o la negociación?
Hay de todo. Como te decía, en el caso de Gorbachov y Thatcher fue consecuencia; en cambio, en el de Pablo Neruda y Salvador Allende fue causa del acuerdo entre el Partido Comunista y el Partido Socialista. Su vínculo facilitó la conformación de la Unidad Popular. Y esa relación estaba forjada por un apego a lo extraordinario, por los grandes saltos de la historia. Odiaban lo mundano. Les repugnaba la meseta grisácea de lo cotidiano. Eran dos personajes trágicos en clave de Lukács: adictos al azar, a las alturas, al éxtasis. Obsesionados con la trascendencia del mito. Buscaban una muerte creativa e irrepetible; podríamos decir, artística. Parafraseando a Sartre: supieron morir. Su muerte forma parte de su obra. Rodeados de un halo de misterio que se mantiene hasta hoy. Sobre Allende hay dos hipótesis: que se suicidó o que lo mataron; y sobre el Vate (como le decían a Neruda), no se sabe si murió por un cáncer o si fue envenenado.
¿Puede haber verdadera amistad política cuando hay una asimetría clara de poder entre los actores, o eso ya la condiciona inevitablemente?
Sí, claro. En el libro, que recordemos que es un ensayo histórico con pinceladas de ficción, narro el caso de Dolores Ibárruri (Pasionaria) e Irene Lewy Rodríguez (Irene Falcón). Una era la líder del Partido Comunista, la otra su secretaria. El rasgo predominante de su amistad fue la admiración. La de Irene hacia Pasionaria es intensa, pero no ciega: incluye dudas, críticas y cuestionamientos. Por ejemplo, discrepaba con el optimismo de la líder comunista sobre la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial y con su visión de la Unión Soviética. En un diálogo ficcional del capítulo, Irene admite: “Aquí se confunde pensamiento crítico con pensamiento dirigido”. Pasionaria, a su vez, valora a Irene por su lealtad, su compromiso con la causa y su capacidad de cuestionar, interrogantes que ella misma incorpora. Este respeto mutuo permite que ambas se influyan: el agudo revisionismo de Irene permea a Pasionaria, mientras que la mirada antideterminista de esta influye en sus decisiones. En suma, su relación se sostiene en dos tipos de admiración: una explícita y otra implícita.
¿Hasta qué punto la lógica mediática —y especialmente las redes sociales— penaliza hoy cualquier gesto de cercanía con el adversario?
Y ahí te metes con el elefante en la habitación de las democracias actuales: el algoritmo de las redes sociales. Su trabajo de selección y categorización, que termina formando clústeres donde nos relacionamos con personas afines, desincentiva y hasta te diría atrofia la tolerancia hacia el distinto. Si bien es cierto que nos permite optimizar tiempo y esfuerzo (encontramos más rápido lo que queremos), también es verdad que eso estimula la mentalidad de rebaño: solidifico mi “verdad” con los propios y los defiendo porque pertenecen a mi grupo, no porque tengan razón. Y eso está trayendo serios dolores de cabeza a los sistemas abiertos que se basan en el pluralismo. Sin duda, el debate que se avecina es si los propietarios de las plataformas están dispuestos a abrir la “caja negra”, mostrar cómo se alimentan sus algoritmos y, en caso de que sea necesario, modificar sus patrones de comportamiento.
¿Qué pierde una democracia cuando desaparecen estos vínculos personales entre dirigentes de distintos bloques?
Mucho. Estos vínculos funcionan como una especie de sinécdoque: los individuos representan algo mucho más grande y complejo como la tolerancia. En este sentido, las instituciones intermediarias, como los partidos políticos, cumplen un papel clave, aunque para gran parte de la sociedad siguen siendo abstractas. Las relaciones entre personas, entonces, permiten materializar estas dinámicas y hacer inteligibles las interacciones entre las distintas estructuras de poder. De este modo, funcionan como atajos cognitivos que ayudan al ciudadano a comprender el clima político, tanto respetuoso como adversativo, en el que se desenvuelve.
Entrevista realizada por Xavier Peytibi.
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