«Los algoritmos que favorecen las emociones, en detrimento del pensamiento, amenazan a la democracia». Entrevista a Jean-Frédéric Schaub
En su libro "Le Passé ne s’invente pas", Jean-Frédéric Schaub nos recuerda que sobrevalorar el pasado puede ser un lastre para preparar el futuro.
Jean-Frédéric Schaub nació en Francia en 1963 y es uno de los historiadores europeos más reconocidos en el estudio de la construcción de las identidades, la raza y la memoria política. Director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), ha dedicado buena parte de su trayectoria a analizar cómo las sociedades europeas han construido sus relatos colectivos y cómo el poder utiliza la historia para legitimar identidades, jerarquías y formas de pertenencia. Ha trabajado especialmente sobre los imperios ibéricos, el racismo en la historia occidental y la relación entre memoria, nación y poder. Entre sus libros más conocidos se encuentran L’Europe a-t-elle une histoire? y Race et histoire dans les sociétés occidentales, este último escrito junto a Silvia Sebastiani.
En su último e interesante libro, Le Passé ne s’invente pas, publicado en la editorial Albin Michel en enero de 2026 (y que estará pronto en español), Schaub reflexiona sobre la crisis contemporánea de la verdad histórica en un contexto marcado por Internet, la polarización y la utilización política de la memoria.
El libro parte de una idea central: el pasado ha dejado de ser únicamente un objeto de conocimiento para convertirse en un instrumento más dentro de la comunicación política y de las batallas culturales contemporáneas. Frente a un ecosistema público donde la emoción y la identidad parecen imponerse sobre los hechos, Schaub reivindica el papel de la historia (y de los historiadores) como disciplina crítica y científica. El autor advierte de los riesgos de mezclar memoria, propaganda, creación artística e investigación histórica hasta hacer indistinguibles unas de otras. Para Schaub, esa confusión no es inocente: favorece a quienes buscan debilitar el criterio de verdad y erosionar las bases democráticas.
Le pregunto por este último libro y por otras reflexiones:
En el libro usted plantea que el pasado ha dejado de ser solamente un objeto de estudio para convertirse en un instrumento de movilización política y emocional. ¿Cuándo empezamos a consumir la historia más como identidad que como conocimiento?
Siempre y cuando sean legítimos, es decir democráticos y liberales, los gobiernos pueden, incluso deben, favorecer la cohesión de la ciudadanía echando mano de memorias históricas compartidas. Los poderes celebran episodios del pasado como señas de pertenencia a una ciudadanía compartida. Actuando de ese modo las autoridades hacen obra política. Los historiadores pueden aconsejar a los políticos, pero las decisiones sobre qué episodios del pasado se celebran, cómo se organizan las ceremonias, cómo se nombran las calles, cómo se crean las instituciones culturales, etc., son decisiones políticas.
Usted defiende que la historia debe seguir siendo una ciencia crítica. En una época marcada por las redes sociales, la polarización y ahora también por la inteligencia artificial capaz de fabricar relatos, imágenes o voces falsas, ¿cree que estamos entrando en una nueva crisis de la verdad histórica? ¿Cómo puede sobrevivir el pensamiento histórico (que exige complejidad, contexto y matiz) en un entorno que premia la simplificación emocional y la reacción inmediata?
La inteligencia artificial lo cambia todo en este sentido. Hasta ahora, la fabricación de documentos falsos (billetes, cuadros, manuscritos antiguos, etc.) requería competencia, talento y años de dedicación. Hoy en día, cualquier usuario de OpenAI, sin necesidad de tener competencias ni talento, puede falsificar un documento en media hora. Debemos tener en cuenta la advertencia del filólogo y filósofo alemán Friedrich Nietzsche: el pensamiento requiere lentitud y exactitud. En cuanto a los algoritmos que favorecen las emociones (sobre todo, las negativas) en detrimento del pensamiento, me parece que amenazan la democracia liberal todavía más directamente que la ciencia. El proyecto democrático, tan cuestionado fuera de Europa, es un programa educativo. El sufragio universal y las libertades individuales son frutos de la educación. Si el sistema educativo se ve desbordado por las redes sociales, será la constitución democrática la que se venga abajo
Hoy parece que la memoria personal o colectiva tiene más legitimidad pública que el análisis histórico. ¿Estamos entrando en una época en la que sentir el pasado importa más que comprenderlo?
En nombre de las memorias, lo que se está viviendo es la fragmentación del consenso científico según líneas de identidad y sensibilidad. Incluso surge la teoría de que solo la reivindicación particular puede producir emancipación, en detrimento de las nociones generales o universales. Los partidarios de la fragmentación, es decir, aquellos que se oponen al binomio racionalismo-universalismo heredero de la Ilustración, de las ciencias modernas, del análisis marxista de la economía y de la teoría liberal de la democracia, hasta la fecha nunca han propuesto alternativas a los pueblos que no sean utopías de salón o desastres totalitarios.
El libro plantea que los Estados, las instituciones y también los artistas invocan el pasado para construir pertenencia colectiva. ¿Dónde está, según su opinión, la frontera legítima entre memoria compartida y manipulación política?
En mi opinión, no hay que poner límites a la imaginación de los artistas cuando crean sobre el pasado. Cualquier evocación del pasado, aunque esté muy alejada de los conocimientos científicos, me parece legítima, siempre y cuando se presente y se consuma como obra de la imaginación. Los historiadores deben producir conocimientos (es decir, conocimientos exactos o veraces) y nutrir con ellos la pedagogía de la historia y su divulgación. La coexistencia de científicos y artistas es necesaria y enriquecedora, siempre que quede claro que se trata de dos mundos distintos. Lo peligroso es la confusión que nace en la zona gris. Por ejemplo, cuando los historiadores se acercan a los estilos de escritura literarios en busca de un público lector que está desapareciendo.
Usted ha trabajado mucho sobre raza, colonialismo e identidades históricas. ¿Cree que Europa está viviendo una crisis de relato sobre sí misma? ¿Hay una incapacidad contemporánea para asumir historias complejas y contradictorias?
Contesto esta pregunta desde mi experiencia francesa. Mi impresión es que los temas moralmente difíciles como el colonialismo, la esclavitud, la violencia de las guerras de descolonización, el racismo post-colonial… ocupan cátedras, centros de investigación, programas de la enseñanza segundaria. Repetir la cantilena de que todavía no hemos empezado a enfrentarnos a ese pasado, no la convierte en verdad. Celebro, por el contrario, que estos temas estén muy presentes en el sistema educativo, en el debate ciudadano, la prensa, la novela, el cine, etc. Estamos viviendo un momento un tanto contradictorio. Por un lado, como acabo de señalar, los europeos se enfrentan con una memoria histórica en donde se mezclan méritos y crímenes. Pero, por otro lado, cuando nos comparamos con otras partes del mundo sobre temas como la persecución racial y religiosa, las desigualdades de género, la represión de la homosexualidad, la protección social de los trabajadores, no vemos muchas que lo hagan mejor que Europa.
El título del libro es casi una advertencia: Le Passé ne s’invente pas. Sin embargo, toda sociedad necesita narrarse a sí misma. ¿Es realmente posible construir un relato común democrático sin caer en mitologías o ficciones identitarias?
Una relación sana con el pasado se basa en tres pilares: la labor de los historiadores como científicos sociales, la movilización de la memoria por parte de las autoridades de gobiernos democráticos y la creación artística que hace presente el pasado para todos. Esta arquitectura es sumamente frágil si no tenemos en cuenta las diferencias entre estos tres elementos. Las memorias particulares son plenamente aceptables, siempre y cuando no se utilicen para fragmentar la sociedad en la vida cotidiana ni para debilitar la figura de la ciudadanía como sujeto del sistema político democrático. Por ejemplo, en una constitución liberal, los derechos colectivos o históricos no pueden imponerse a los derechos individuales. Las situaciones creadas en algunas repúblicas sudamericanas con constituciones plurinacionales merecen ser analizadas con cuidado y cierta aprensión.
Muchos populismos contemporáneos apelan a una nostalgia de orden, pertenencia o estabilidad perdida. ¿Cree que la nostalgia se ha convertido en una de las grandes emociones políticas de nuestro tiempo? ¿Qué ocurre cuando una sociedad intenta construir el futuro a partir de un pasado imaginado (o sobrevalorado en extremo)?
La gran actriz francesa Simone Signoret tituló sus memorias La nostalgia ya no es lo que era (1976). Lo cito porque creo que la nostalgia siempre forma parte del arsenal de sentimientos que nos ayudan a entender y afrontar el presente. No cabe la menor duda de que sobrevalorar el pasado como una edad de oro perdida puede convertirse en un lastre para la acción presente y la proyección de futuro. Vuelvo a pensar en lo que ocurre en mi país y me doy cuenta de que ha resultado mucho más fácil reunir cientos de millones de euros para darle un nuevo tejado a la catedral de Notre Dame de París que conseguir la financiación de servicios digitales que puedan competir con los de las empresas estadounidenses. No lamento que hayamos salvado el patrimonio, pero me gustaría que los ciudadanos y el Gobierno sintieran la misma urgencia por preparar el futuro de nuestros hijos y nietos.
Entrevista realizada por Xavier Peytibi.
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