¿Tu ideología influye en cómo recuerdas? El caso de “Cuéntame cómo pasó”
Durante veinte años, la serie de TVE ha narrado franquismo y transición como memoria compartida. Un análisis de David del Pino con focus group muestra que esa memoria es distinta según lo que votes.
DAVID DEL PINO
“Cuéntame Cómo Pasó” es, probablemente, una de las series más populares y masivas de la historia reciente de España. Ha sido mucho más que una serie de televisión: durante más de dos décadas funcionó como ritual doméstico, pedagogía sentimental y marco narrativo desde el que millones de espectadores aprendieron a mirar el pasado propio o el de sus familias.
La serie construía un relato sobre el franquismo tardío y la transición democrática, pero la pregunta no es solo qué representa la serie, sino qué hacen los diferentes públicos con ella: cómo la interpretan, cómo la conectan con sus biografías, con sus memorias compartidas, con experiencias de clase, de generación y de país. Porque cómo se interpreta ese relato es diferente según a quién votan y cómo son, como indica claramente una investigación cualitativa que tuve el placer de dirigir.
El estudio partió de una pregunta central: ¿es la cultura de masas capaz de imponer una lectura hegemónica del pasado? Para responder esta pregunta, analizamos en profundidad 253 episodios —las primeras catorce temporadas— para identificar la estructura ideológica de la serie. Después, organizamos cinco grupos de discursión en entornos urbanos y rurales, compuestos por votantes del PSOE, del PP y de Unidas Podemos, de distintas generaciones y con diferentes niveles educativos. La combinación de ambos análisis permite observar cómo circula realmente el relato en la sociedad, y si este relato tiene efecto.
El análisis de los episodios muestra con claridad que Cuéntame no es neutral. Construye una narrativa coherente y estratégica del pasado. En ella, el franquismo tardío aparece progresivamente suavizado, la industrialización y el surgimiento de las clases medias adquieren un papel central, y la figura de Juan Carlos I es presentada como garante decisivo de la democracia, culminando su papel en el desmantelamiento del 23-F. No se trata de falsificación histórica, sino de selección y jerarquización. La serie organiza la memoria en clave de consenso.
Este hallazgo conecta con el viejo debate sobre la cultura de masas. Para pensadores como Adorno, la industria cultural tendería a producir sujetos pasivos, homogeneizados y fácilmente manipulables. Frente a esa tajante visión, otros autores como Martín-Barbero o Bourdieu subrayaron que los públicos no son una masa indiferenciada, sino que interpretan los productos culturales desde su posición social. El estudio sobre Cuéntame se sitúa precisamente en esa discusión: ¿impone la serie una memoria única o es negociada por los espectadores?
Los grupos de discusión ofrecen respuestas matizadas. Entre votantes del PSOE y del PP, tanto en contextos urbanos como rurales, la serie es mayoritariamente percibida como “fidedigna”. Se la considera un recurso válido para acercarse a la historia reciente. Muchos participantes afirman que lo que ven en pantalla coincide con lo que les contaron sus padres o abuelos. En estos sectores, la narrativa de la Transición como proceso exitoso basado en el consenso apenas genera conflicto. La figura del rey aparece integrada en esa memoria compartida sin demasiada tensión.
En el caso de votantes del PP, esta aceptación suele ir acompañada de una valoración positiva del orden, la estabilidad y la continuidad institucional. La serie refuerza una lectura en la que el principal logro de la transición fue evitar la ruptura traumática y consolidar la democracia sin desbordamientos. En votantes socialistas, la recepción es también ampliamente favorable, aunque con mayor sensibilidad hacia los cambios sociales y la ampliación de derechos. En ambos casos, Cuéntame cumple uno de sus objetivos fundamentales: presentarse como relato equilibrado y razonable.
La diferencia, en cambio, sí aparece con mayor claridad entre votantes de Unidas Podemos. En estos grupos, la serie es reconocida como eficaz y pedagógica, pero se cuestiona claramente la edulcoración del tardofranquismo, la centralidad casi carismática otorgada a Juan Carlos I y la tendencia a despolitizar ciertos conflictos sociales. La Transición no se interpreta exclusivamente como éxito consensual, sino también como proceso con límites y problemas. Sin embargo, incluso aquí la serie no es rechazada frontalmente. Se acepta su valor divulgativo y su capacidad para activar memoria, aunque se la lea como un intento de crear un relato hegemónico.
Este matiz es clave. Aunque la cultura de masas no actúa como una maquinaria total de imposición ideológica, tampoco es inocua. Cuéntame logra una “victoria parcial”: consigue instalar su narrativa como referencia común, incluso entre quienes la critican. Se convierte en lenguaje compartido para hablar del pasado, aunque no todos lo traduzcan igual.
Las diferencias generacionales refuerzan esta complejidad. Quienes vivieron el franquismo y la Transición utilizan la serie como activador de recuerdos. La ambientación, el lenguaje y los acontecimientos históricos despiertan experiencias propias. En estos casos, la ficción dialoga con la memoria vivida, y esa comparación puede reforzar o matizar la credibilidad del relato. Para las generaciones más jóvenes, en cambio, la serie funciona como fuente indirecta de conocimiento histórico. Aquí su capacidad de moldear imaginarios es mayor, aunque también depende del capital cultural y de la exposición a otros discursos.
La variable de clase introduce otro elemento de negociación. En sectores obreros, especialmente en contextos rurales, el relato del progreso democrático es reinterpretado desde experiencias de desigualdad y subordinación. Algunos participantes traducen escenas como el 23-F o las transformaciones económicas desde su vivencia del conflicto capital-trabajo. La memoria mediática se cruza con la memoria de clase. Eso sí, en sectores de clase media consolidada, la trayectoria ascendente de los Alcántara conecta con experiencias de movilidad y estabilidad, facilitando una mejor recepción.
El nivel educativo también marca diferencias. Participantes con formación universitaria tienden a identificar con mayor claridad la dimensión ideológica de la serie. Reconocen su calidad narrativa, pero señalan la selección interesada de acontecimientos y la construcción de una memoria institucional. Quienes no cuentan con esa formación suelen apoyarse más en la comparación con relatos familiares y en la coherencia emocional del retrato costumbrista.
En conclusión, la principal aportación de analizar la serie desde los focus group no es tanto decidir si su relato es verdadero o falso, sino de mostrar cómo circula socialmente. La memoria que genera es compartida, pero no idéntica. Para votantes conservadores y socialdemócratas tiende a reforzar una lectura consensual del pasado. Para votantes más a la izquierda, activa una recepción más crítica. Para generaciones mayores, confirma recuerdos; para jóvenes, ayuda a construirlos.
Cuéntame ha conseguido algo excepcional: convertirse en espacio común desde el que se habla del pasado reciente. Pero ese espacio no es neutro ni uniforme. Es un terreno de mediación donde la cultura de masas intenta consolidar una versión hegemónica de la historia, y donde los públicos —atravesados por su voto, su clase y su experiencia— negocian, aceptan o tensionan ese relato. Ahí, precisamente, se revela tanto el poder como el límite de la ficción televisiva como herramienta de construcción de memoria colectiva.
Porque la socialización política a través de los medios —en este caso, la televisión— es relevante, pero no actúa en el vacío. La familia, la clase social o la escuela siguen ocupando una posición central en la formación de las orientaciones políticas. Eso sí, como hemos visto, las series de gran audiencia sí intervienen (y mucho) en la configuración de la memoria compartida. Cuéntame es un caso paradigmático, como podrían ser El ministerio del tiempo tambien en España o The Crown en el Reino Unido: ficciones que no solo entretienen, sino que contribuyen a ordenar el pasado en el imaginario colectivo.
David del Pino Díaz es doctor en sociología por la Universidad Complutense de Madrid, con Premio Extraordinario de Doctorado. Actualmente, es director del máster universitario en comunicación política y gestión de crisis y emergencias de la universidad Nebrija.
Podéis leer el estudio completo en este enlace de la Revista de Humanidades.
¡Suscríbete a premium si quieres apoyar lo que hacemos!
Recuerda que, como suscriptor premium, recibirás tres ideas quincenales (y no solo una), así como el resumen de un libro interesante cada viernes, newsletters especiales, el libro en PDF “40 resúmenes imprescindibles: libros clave de la teoría política”, Rhetorik (nuestra web de 2120 discursos) y acceso a GeoTactik, nuestra propia herramienta de mapeo electoral!


