Vestir igual para obedecer mejor: una breve historia política del uniforme escolar
Si todos llevan la misma ropa, desaparecen las diferencias. O eso nos gusta pensar. Sin embargo, pocas decisiones escolares condensan tanta historia política como el uniforme.
Cada cierto tiempo vuelve el debate. Alguien propone recuperar el uniforme escolar y el argumento aparece: así los niños/as son iguales, no se nota quién es rico y quién es pobre, se reduce la presión social y mejoran los resultados académicos. Suena muy razonable. ¿Quién podría estar en contra de una medida que promete igualdad, orden y menos sufrimiento en el patio? En este texto algo freak (o más que de costumbre, creo) quería investigar y reflexionar sobre ello, puesto que todo es política.
Antes, hagamos algo de historia: aunque existían precedentes en escuelas de caridad desde el siglo XVI, es en el siglo XIX cuando el uniforme adopta la forma moderna que hoy reconocemos, cuando aparecen en escuelas de élite británicas (Eton, Harrow) que adoptan el uniforme como símbolo de pertenencia. Todos iguales, sí, pero dentro de un mundo cerrado y privilegiado. Eran un uniforme igual para todos. Para todos aquellos que podían pagarlo.
Ahora bien, su uso no tardó en expandirse más allá de esas élites. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el Estado moderno convirtió la educación en un proyecto nacional, por lo que el uniforme entró de lleno en la escuela pública. En este sentido, y siguiendo a Durkheim, la escuela no solo transmitía conocimientos: también socializaba, inculcaba normas comunes y preparaba a los niños para formar parte de una comunidad política. Es decir, el uniforme dejó de ser para diferenciarse y pasó a querer igualar: misma ropa, mismos horarios, mismos rituales. Todos miembros de una misma comunidad. El uniforme servía así para homogeneizar, nacionalizar, disciplinar. En algunos regímenes autoritarios del siglo XX fue aún más allá y ayudó también a crear no solo ciudadanos, sino a potenciales seguidores (o soldados) para la causa nacional. El uniforme se combinaba con himnos, desfiles y coreografías, mientras que el individuo se diluía en el colectivo.
Tras la Segunda Guerra Mundial en muchas democracias occidentales el uniforme entra en crisis. Se asocia al autoritarismo y a la falta de libertad individual. Pero en muchas escuelas no desaparece. En las últimas décadas, incluso, reaparece en algunas escuelas. Por ejemplo, casi el 22% de las escuelas públicas en los Estados Unidos exigieron uniformes en 2015-16, en comparación con el 12% en 1999-2000, según el Centro Nacional de Estadísticas Educativas (NCES). La diferencia es que ahora el uniforme ya no suele defenderse con un lenguaje abiertamente nacionalizador o disciplinario, sino con otro vocabulario: igualdad, convivencia, prevención del acoso, mejora del clima escolar, aumento del rendimiento académico… El uniforme empieza a “venderse” como política social y académica.
La pregunta, entonces, es bastante sencilla: ¿funciona? Es decir, ¿el uniforme escolar genera más igualdad? ¿Reduce el acoso? ¿Mejora los resultados académicos? La respuesta corta sería: no mucho. O, al menos, no tanto como suele sugerirse en el debate público. Estudios como los de Gentile e Imberman, o Brunsma y Rockquemore, en Estados Unidos muestran que imponer uniforme no mejora de forma clara las notas ni reduce de manera significativa los problemas de conducta, ni el consumo de sustancias. Sí que puede haber pequeños efectos positivos en la asistencia (un poco más en secundaria) o en reducciones en ruidos de aula y mejor conducta en algunos contextos (Baumann y Krskova), pero no hay un consenso claro en que sirva para algo más (Yeung). De hecho, incluso algún estudio, como el citado de Brunsma y Rockquemore muestra que las notas del alumnado bajan. También es curioso el tema de la autopercepción: cómo se sienten. En un estudio de Wade y Stafford, los estudiantes de escuelas con uniformes tuvieron puntuaciones de autopercepción más bajas que los estudiantes de escuelas sin uniformes. Es decir, que llevar uniforme disminuía la identidad personal.
Así, la promesa de que “si todos visten igual, aprenderán mejor” no está respaldada con datos contundentes. Eso no significa que el uniforme no tenga ningún efecto. La cuestión es que sus efectos son más modestos y más complejos de lo que se suele decir. Además, en el libro School Uniforms: New Materialist Perspectives recuerdan que el uniforme no es solo ropa: influye en cómo se construye la identidad, en cómo se percibe la autoridad y en cómo se organiza la vida en la escuela y en la sociedad, en cómo la ordena.
Porque sí, el uniforme sí puede ordenar, como muestran algunos estudios, como el citado de Baumann y Krskova. En el clásico Vigilar y castigar (lo resumimos hace unos meses aquí), Foucault describía cómo el poder disciplinario opera a través de técnicas menores que organizan el cuerpo: horarios, espacios, gestos, posturas y apariencias. El uniforme encaja en este dispositivo como una tecnología silenciosa de normalización, que facilita la vigilancia y entrena al cuerpo en la obediencia cotidiana. Es una forma de poder que no se impone desde fuera, sino que se incorpora poco a poco.
Del mismo modo, Daphne Meadmore y Colin Symes analizan el uso de uniformes como parte de una cultura de regulación blanda, donde el control no se ejerce principalmente mediante sanciones, sino a través de normas. También David Brunsma indica que el movimiento a favor del uniforme es una “cruzada simbólica”: más que demostrar grandes efectos pedagógicos, produce la imagen de una escuela ordenada, comprometida y gobernable. Hoy, muchas defensas del uniforme no se basan en evidencias educativas, sino en ansiedades parentales: miedo al acoso, a la competencia de estatus, a la pérdida de control. No importa que no tenga efectos reales en la igualdad o el aprendizaje, porque aparece como un dispositivo tranquilizador para los adultos más que como una solución para los estudiantes. Sobre esto, me ha parecido también interesante una idea de Ellen Brantlinger, en su libro Dividing Classes, que decía que las políticas educativas (aquí podríamos incluir el uso de uniforme) tranquiliza a las clases medias y a las instituciones, al tiempo que refuerza una narrativa de responsabilidad individual aplicada a estudiantes de contextos desfavorecidos. Porque si todos son iguales, las causas materiales no tienen que ver con el resultado escolar, o sea que si va mal es culpa del alumno.
Por eso tiene más sentido hablar de orden, y no de igualdad. El uniforme no es una varita mágica contra la desigualdad ni una garantía automática de mejores resultados académicos. Porque, como decía Bourdieu, la escuela puede favorecer a los más favorecidos y desfavorecer a los más desfavorecidos cuando trata como iguales a alumnos que llegan en condiciones desiguales: aunque con los uniformes no haya diferencias estéticas en el día a día, sí que aparecen siempre otras que se hacen patentes: el lenguaje, el rendimiento o el capital cultural familiar. La diferencia, así, siempre se abre camino aunque se vistan igual. No se elimina la desigualdad social; simplemente se vuelve menos evidente.
Y es por eso que el debate vuelve una y otra vez. Porque el uso del uniforme es una respuesta sencilla a un problema. Promete igualdad, aunque ya nos va bien el orden (o la percepción de orden). Tal vez el tema real es que el uniforme tranquiliza más a los adultos que a los alumnos. No lo veo mal, pero no lo llamemos igualdad.
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