PABLO CAPEL DORADO
Como cualquier producción cultural, Dragon Ball Z puede analizarse desde un prisma político. Que toda obra admita esta clase de lectura —del mismo modo que puede estudiarse desde perspectivas filosóficas, psicológicas o religiosas— no significa que su autor, Akira Toriyama (1955-2024), introdujera deliberadamente tales elementos en la trama ni, mucho menos, que concibiera el manga y su posterior adaptación al anime como instrumentos propagandísticos.
Esta distinción no impide, sin embargo, que el universo creado por Toriyama reproduzca ideas, conflictos y estructuras reconocibles en nuestra propia realidad. Bajo la apariencia de una historia de aventuras protagonizada por guerreros capaces de destruir planetas, Dragon Ball Z presenta imperios expansionistas, pueblos sometidos, jerarquías raciales, genocidios, luchas de liberación y disputas por el control de recursos extraordinarios. Los primeros en encarnar estas contradicciones son los saiyans, un pueblo conquistador cuya cultura guerrera y organización social solo pueden comprenderse plenamente al descubrir su subordinación al poder imperial de Freezer.
Los saiyanos: de pueblo conquistador a pueblo sometido
Antes de analizar la monarquía saiyana y las figuras del rey Vegeta y de su hijo, conviene adelantarse a un momento en el que Kaito explica a Goku los orígenes de su pueblo. Según este relato —incorporado por la adaptación animada y ausente en el manga original—, en el planeta que luego recibiría el nombre de Vegeta convivieron dos pueblos profundamente distintos. Por un lado, se encontraban los saiyanos, una sociedad rudimentaria cuya principal fortaleza residía en su extraordinaria capacidad para el combate; y por otro, la raza de los tsufruianos, que había alcanzado un grado de desarrollo científico y tecnológico muy superior, pero poseía una fuerza y destreza física notablemente menores.
Los problemas de convivencia provocaron un enfrentamiento en el que los adelantos técnicos de los tsufur no fueron suficientes para contener la violencia saiyana. Aprovechando su capacidad para transformarse en gigantescos simios durante la luna llena, los saiyanos exterminaron al pueblo rival, ocuparon sus ciudades y se apropiaron de su tecnología. La superioridad militar se convirtió de este modo en dominio territorial y, finalmente, en soberanía política.
Salvando las distancias, esta contraposición evoca la imagen tradicional de Esparta y Atenas. Los saiyanos representarían el arquetipo espartano de una sociedad organizada alrededor de la fuerza, la disciplina y las artes bélicas, mientras que los tsufur encarnarían el ideal ateniense del conocimiento, la técnica y la sofisticación urbana. No se trata de identificar literalmente a estos pueblos ficticios con las dos polis griegas —Atenas también fue una potencia militar e imperial y Esparta poseía un complejo orden institucional—, sino de señalar la oposición simbólica entre la fuerza guerrera y el desarrollo intelectual.
Esta victoria puede interpretarse desde el realismo político iniciado por Nicolás Maquiavelo y reformulado durante el siglo XIX por August Ludwig von Rochau. Maquiavelo advirtió de que ningún proyecto político podía sostenerse únicamente mediante razones, leyes o ideales si carecía de fuerza propia para defenderlos. Rochau profundizaría en esta cuestión al sostener que el poder político depende de las fuerzas reales capaces de constituir, conservar o transformar el Estado. Desde esta perspectiva, el conocimiento y la superioridad técnica de los tsufur solo podían conservar su valor político mientras estuvieran acompañados de la capacidad material necesaria para proteger el orden que habían creado.
Esto no significa que la victoria saiyana fuera justa. La Realpolitik no convierte automáticamente la fuerza en derecho ni ofrece una justificación moral de la conquista. Permite explicar, en cambio, por qué una civilización aparentemente más avanzada puede ser destruida cuando no consigue transformar sus recursos en una fuerza capaz de garantizar su supervivencia. Los saiyanos no vencieron porque su causa poseyera mayor legitimidad, sino porque pudieron imponer materialmente su voluntad.
Existe, además, una profunda ironía en su victoria. Después de exterminar a los tsufur y apropiarse de su planeta, los saiyanos terminarían sometidos al imperio de Freezer. El pueblo que había convertido su superioridad militar en fundamento de su soberanía fue incorporado como fuerza de choque a una estructura mucho más poderosa. Aquello que había permitido a los saiyanos convertirse en conquistadores acabaría haciendo de ellos un instrumento para las conquistas de otro.
[Kaito, acompañado por el mono Bubbles y el entrañable saltamontes Gregory, explica a Goku el origen de los saiyanos y la conquista del planeta que posteriormente recibiría el nombre de Vegeta]
Freezer, el emperador colonial
Freezer, soberano de un vasto imperio interplanetario extendido por el Universo 7, representa la máxima expresión del poder imperial durante la primera etapa de Dragon Ball Z. Su autoridad no aparece limitada por leyes o instituciones, sino que se sostiene manu militari. Al frente de un ejército compuesto por guerreros procedentes de numerosos mundos —entre ellos, los saiyanos—, invade planetas habitados, extermina a sus poblaciones y convierte los territorios conquistados en mercancías destinadas a su posterior venta. La destrucción de pueblos enteros no constituye, por tanto, una consecuencia accidental de sus campañas, sino el instrumento sobre el que descansa su actividad económica.
Su poder posee también una dimensión dinástica y patrimonial. Freezer no ocupa un cargo político diferenciado de su persona, sino que hereda de su padre, el rey Cold, un imperio concebido como propiedad de la familia gobernante. Ejércitos, planetas y pueblos sometidos se integran así en el patrimonio de una estirpe cuya extraordinaria fuerza física funciona como principio hereditario de legitimidad: una suerte de aristocracia biológica en la que la familia se confunde con el Estado. Las películas amplían este linaje con Cooler —Coola en algunos doblajes—, hermano mayor de Freezer.
Alrededor del emperador se organiza, asimismo, una élite militar distribuida en distintos círculos de poder. Zarbon y Dodoria, consejeros, ejecutores y acompañantes habituales de Freezer, constituyen una suerte de guardia pretoriana: protegen al soberano, transmiten sus órdenes y ejercen en su nombre la violencia más inmediata. Las Fuerzas Especiales Ginyu ocupan un nivel superior dentro del aparato coercitivo imperial. Formadas por cinco guerreros seleccionados por sus extraordinarias capacidades, actúan como fuerza de choque en las misiones que exigen una intervención decisiva, como la persecución de Vegeta y la recuperación de las Bolas de Dragón en Namek. Su rígida jerarquía, su característica identidad estética y su lealtad personal a Freezer permiten compararlas, en el plano organizativo, con las SS: un cuerpo privilegiado ligado directamente al dictador y destinado a imponer su voluntad allí donde el poder ordinario resulta insuficiente. Bajo sus extravagantes poses y su apariencia cómica, las Fuerzas Ginyu encarnan así la dimensión más disciplinada y temible de la violencia imperial.
[Las Fuerzas Especiales Ginyu ejecutan una de sus características poses. De izquierda a derecha: Recoome, Guldo, el capitán Ginyu, Jeice y Burter.]
Linaje y legitimidad en las dinastías de Cold y Vegeta
El hecho de que algunos saiyanos desarrollen una conducta tendente a la bondad o la redención —como el propio Son Goku— no determina la naturaleza del poder político de su pueblo. En el sentido propuesto por Max Weber, la legitimidad no describe la calidad moral de un gobernante, sino la creencia de sus subordinados en que posee el derecho a mandar. Desde esta perspectiva, las dinastías de Cold y Vegeta pueden compararse pese a las diferencias éticas entre sus integrantes: ambas pertenecen a órdenes jerarquizados en los que el nacimiento condiciona el rango y el poder se transmite mediante el linaje.
De los tres tipos ideales de legitimidad formulados por Weber —tradicional, carismática y legal-racional—, la monarquía saiyana se aproxima fundamentalmente al primero. La autoridad del rey Vegeta no procede de normas impersonales ni de una elección, sino de la continuidad de una casa real sancionada por la costumbre. La familia de Cold reproduce este principio bajo una forma patrimonial: el imperio, sus ejércitos y sus pueblos sometidos se transmiten como posesiones de la dinastía. En su caso, sin embargo, la herencia se combina con la coerción, pues la obediencia de sus subordinados descansa también en el temor provocado por su abrumadora superioridad física. La legitimidad carismática aparecerá con mayor claridad posteriormente en Mr. Satán, cuya autoridad pública depende de las cualidades heroicas que la población le atribuye.
Los namekianos ofrecen, dentro del marco teórico weberiano, un contrapunto a las formas de dominación saiyana e imperial. Su organización difícilmente puede adscribirse a la legitimidad legal-racional, pues en Namek no se advierten normas impersonales, una administración burocrática ni una separación definida entre el cargo y quien lo desempeña. Sus aldeas están encabezadas por ancianos, mientras que el Gran Patriarca ejerce una primacía sustentada en la edad, la sabiduría y el prestigio espiritual. Se trata, por tanto, de una legitimidad predominantemente tradicional y gerontocrática, cuya estabilidad descansa en la costumbre y el consenso comunitario antes que en la coerción. Frente al patrimonialismo militar de Freezer y de la monarquía saiyana, los namekianos representan otra manifestación del poder tradicional: una autoridad paternal y descentralizada revestida de sacralidad.
Esta dimensión espiritual se proyecta también sobre Dios, el namekiano que ejerce como guardián de la Tierra, aunque no posee autoridad política alguna sobre Namek. Su relación con Piccolo Daimao tampoco es la de un sumo sacerdote con su mesías: ambos proceden de la escisión del Namekiano sin Nombre en una mitad benigna y otra maligna, razón por la que sus existencias permanecen vinculadas. Piccolo constituye así el reverso demoníaco de Dios, la parte de sí mismo que este tuvo que expulsar para acceder a una dignidad sagrada. La divinidad aparece, de este modo, como resultado de una purificación moral, mientras el mal reprimido regresa convertido en voluntad de dominación.
El conflicto entre Vegeta y Goku revela las contradicciones de este orden hereditario. Como príncipe y guerrero de élite, Vegeta presupone que el rango social expresa una superioridad natural. Por eso considera inconcebible que Goku, nacido como guerrero de clase baja, pueda igualarlo y finalmente superarlo. Su derrota constituye algo más que una humillación personal: demuestra que la capacidad adquirida puede imponerse al estatus heredado y rompe la correspondencia entre linaje, prestigio y fuerza sobre la que descansa la jerarquía saiyana. Goku no disputa la corona ni pretende fundar un nuevo orden, pero su mera existencia desacredita el fundamento simbólico de aquella aristocracia guerrera. Queda, por tanto, volver la mirada hacia ese combatiente sin abolengo que, sin reclamar trono alguno, termina enfrentándose a todos los depositarios del poder: Son Goku, el verdadero protagonista de esta historia.
[El príncipe Vegeta, a la izquierda, junto a su padre, el rey Vegeta, en una recreación que simboliza la continuidad dinástica de la monarquía saiyana (Foto: Desert Rose)]
Goku, el super saiyano soberano de la excepción
Desde el plano estrictamente narrativo, y al igual que ocurre en tantos otros relatos incorporados ya a la cultura popular —como Star Wars—, la trayectoria de Goku reproduce el esquema descrito por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras: separación, iniciación y retorno. Su origen carece del abolengo que Vegeta atribuye a los grandes guerreros: es hijo de Bardock, un saiyano de clase inferior. Según el relato ofrecido por Raditz al comienzo de Dragon Ball Z, Kakarot fue enviado a la Tierra para someter un planeta considerado débil, pero el golpe que sufrió en la cabeza durante su infancia alteró su temperamento y le permitió crecer ajeno tanto a esa misión como a su procedencia. El niño destinado a conquistar la Tierra termina convertido así en su principal defensor.
La separación se materializa con su muerte durante el combate contra Raditz y su tránsito al Más Allá; la iniciación comprende el entrenamiento con Kaito, la resurrección mediante las Bolas de Dragón terrestres, el enfrentamiento con los saiyanos y el posterior viaje a Namek. Allí, las pruebas sucesivas culminan con su transformación en supersaiyano frente a Freezer, mediante la cual asume finalmente la herencia guerrera que había desconocido sin reproducir la crueldad asociada a su pueblo. Tras sobrevivir a la destrucción de Namek y completar su aprendizaje en Yardrat, Goku regresa a la Tierra transformado y plenamente consciente de su identidad. Su itinerario subvierte de este modo el orden jerárquico que preside la saga: el guerrero de clase inferior supera tanto al príncipe Vegeta como al emperador Freezer, y convierte el mérito adquirido durante el viaje en una fuente de autoridad superior al nacimiento.
Esta condición heroica puede interpretarse a la luz de la teoría de Carl Schmitt, quien abre Teología política con una conocida afirmación: «Soberano es quien decide sobre el estado de excepción». Las amenazas afrontadas por Goku desbordan cualquier respuesta prevista por el orden ordinario: ni los gobiernos ni sus ejércitos pueden contener la invasión saiyana o detener el expansionismo de Freezer. Cuando las instituciones pierden toda eficacia, Goku asume una capacidad de decisión extrajurídica de la que depende la supervivencia de pueblos enteros. Su soberanía carece de territorio, aparato administrativo y súbditos; se manifiesta exclusivamente durante la excepción, cuando su poder se convierte en la última instancia capaz de restaurar la normalidad.
Esta soberanía posee, además, un carácter discontinuo. Una vez superado el peligro, Goku se retira y regresa a su vida familiar o al entrenamiento, de modo que su autoridad permanece latente hasta la siguiente crisis. Durante el intervalo excepcional, sin embargo, sus decisiones no están sometidas a revisión alguna: ordena a sus compañeros que abandonen Namek, asume en solitario el enfrentamiento con Freezer y decide sobre la vida de los adversarios derrotados. La clemencia concedida a Vegeta y la energía entregada al propio Freezer constituyen actos personales mediante los cuales determina quién merece sobrevivir. Dragon Ball Z presenta así una suerte de decisionismo benevolente cuya única garantía frente a la arbitrariedad reside en el carácter moral de quien concentra el poder.
El pensamiento de san Agustín permite valorar éticamente esa soberanía. Frente a la libido dominandi —el deseo de someter a otros que impulsa la expansión imperial de Freezer—, Goku emplea su fuerza para proteger a los inocentes y restablecer la paz. El placer que encuentra en el combate nunca se transforma en un proyecto de conquista ni en una voluntad de gobierno. Su altruismo no sustituye al poder, sino que determina su finalidad y establece sus límites: la fuerza solo produce un orden justo cuando permanece desvinculada del deseo de dominación. El Imperio galáctico acaba así derrotado por un guerrero que, aun disponiendo de la capacidad necesaria para gobernar, renuncia a convertir su supremacía excepcional en un régimen permanente. El equilibrio de la galaxia descansa, paradójicamente, en que su individuo más poderoso rehúsa comportarse como un emperador.
Pablo Capel (Linkedin) es especialista en comunicación, marketing y desarrollo de negocio en el sector jurídico. Ex CEO y director de Economist & Jurist. Jurista y politólogo, escribe sobre empresa, comunicación, economía, derecho y transformación profesional.
Política Creativa es una iniciativa de Xavier Peytibi (ideas y recomendaciones) y de Juan Víctor Izquierdo (programación), creadores de la plataforma Beers&Politics y muchos otros proyectos compol. Puedes leer todos los contenidos de la newsletter en www.politicacreativa.com
Y recuerda que, como suscriptor premium, recibirás tres ideas quincenales (y no solo una), así como el resumen de un libro interesante cada viernes, newsletters especiales, el libro “40 resúmenes imprescindibles: libros clave de la teoría política” en pdf y acceso a nuestra web con 2200 discursos (Rhetorik) y GeoTactik, nuestra propia herramienta de mapeo electoral! Puedes ver todas las ventajas, aquí.





