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Edmund Burke: el político que desconfiaba de las revoluciones

En esta sección queremos darte a conocer figuras que nos parecen clave y cuya obra y legado creemos que merece la pena conocer.

Política Creativa y Xavier Peytibi
abr 14, 2026
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Hace años leí en algún sitio una frase que suelo recordar. Era de Edmund Burke y venía a decir algo así como que el miedo es lo que realmente nos mueve a hacer cosas. Investigando, vi que la frase no era del todo así. En uno de sus primeros libros, Burke escribió que «ninguna pasión priva tanto a la mente de su capacidad de actuar y razonar como el miedo», y que «el terror es una de las fuerzas más poderosas que experimentamos». Para Burke, el miedo puede paralizar, pero también moviliza. En su obra posterior lo desarrollaría más, en el sentido de que las sociedades no se mueven solo por ideales racionales, sino por emociones intensas. La emoción (y en particular el miedo) como base para el cambio o como base para quedarse igual y no cambiar demasiado.

Recordando esa frase, hoy quería contaros algo sobre este filósofo y político a quien, probablemente, no tenemos tan presente como a otros nombres más habituales, pero cuya influencia sigue muy viva.

Quién fue

Edmund Burke (1729-1797) nació en Dublín, en una Irlanda marcada por profundas divisiones religiosas y por el dominio británico. Su padre era protestante; su madre, católica. Esa doble influencia le dio desde joven una sensibilidad especial hacia los conflictos religiosos y para entender la fragilidad de la convivencia política.

Estudió en el Trinity College y más tarde se trasladó a Londres. Allí comenzó como escritor y ensayista, hasta que entró en política como miembro del partido Whig. No era un político de eslóganes fáciles. Sus intervenciones eran largas, reflexivas, cargadas de historia y ejemplos. Por ello sus contemporáneos lo admiraban por su oratoria y también por su independencia de criterio. Esa actitud, que hoy podría parecer moderada o pragmática (y que no solemos encontrar en ningún político/a), en su tiempo lo convirtió en una figura incómoda para muchos (que es justo lo que también sucedería ahora).

Fue parlamentario británico durante casi treinta años, a la vez que un escritor brillante y uno de los críticos más influyentes de la Revolución francesa. De hecho, resumimos hace unos meses en Política Creativa su libro de 1790, Reflexiones sobre la Revolución en Francia, en el que criticaba la revolución francesa porque, al destruir la monarquía y las instituciones que encarnaban siglos de evolución, rompió con un legado y dio paso a lo que Burke llama una “mezcla de ligereza y ferocidad”. Para él, las instituciones tradicionales permitían un equilibrio entre la libertad y el orden. Ahora bien, reducir su figura (como muchos hicieron) a “enemigo de las revoluciones” sería simplificarlo demasiado. Burke no era un defensor ciego del orden establecido. Lo que le preocupaba era otra cosa: la arrogancia política de quienes creen que pueden rediseñar una sociedad entera desde cero, guiados solo por sus “grandes” ideas.

La política también es emoción

Una de sus primeras obras importantes no fue política, sino estética: Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello (1757). En este libro analizaba por qué ciertas experiencias nos producen admiración, miedo o fascinación. Es ahí, por cierto, donde citaba la frase de la que hablaba al inicio de este texto.

Para Burke, las sociedades no se sostienen únicamente sobre normas racionales. También necesitan símbolos, tradiciones y emociones compartidas. El respeto por la corona, la lealtad a las instituciones o el apego a la patria no son simples conceptos jurídicos, sino sentimientos colectivos. Esta intuición es clave para entender su pensamiento político posterior. Cuando más tarde critique la Revolución francesa, como hemos visto antes, lo hará no solo por razones jurídicas, sino porque ve en ella una ruptura emocional con el pasado.

América: sentido práctico frente a orgullo imperial

Antes de enfrentarse a la Revolución francesa, Burke ya había mostrado su independencia de criterio en la crisis de las colonias americanas. Así, en 1775, en su discurso Sobre la conciliación con las colonias (que podéis leer en nuestra web de discursos), pidió al Parlamento británico que evitara imponer nuevos impuestos por la fuerza. No lo hacía porque fuera revolucionario o independentista estadounidense. Lo hacía porque veía que las colonias estaban acostumbradas a cierto grado de autogobierno y que intentar someterlas sin negociación era políticamente torpe. Para Burke, gobernar no consistía en demostrar autoridad, sino en comprender la realidad social.

“La magnanimidad en política es, a menudo, la forma más verdadera de sabiduría”.

La Revolución francesa: una ruptura peligrosa

Su obra más famosa, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), nació como respuesta a quienes celebraban con entusiasmo los acontecimientos de París puesto que, en un primer momento, muchos intelectuales británicos vieron la Revolución francesa como una continuación de la tradición liberal inglesa. Burke, en cambio, no lo vio así. Percibió algo distinto: una voluntad de borrar el pasado, de desmontar instituciones centenarias y de reconstruir la sociedad desde principios abstractos.

Por supuesto eso no significaba defender los abusos de la monarquía francesa. Pero le alarmaba la idea de que se pudiera destruir todo un orden político en nombre de teorías universales. La política, según Burke, no puede ser reducida a cálculos racionales; es un arte que debe integrar emociones, tradiciones y prudencia. Frente a la revolución, que ve como un experimento sin raíces, Burke opone un pragmatismo que valora el progreso gradual y fundamentado.

“La sociedad es en efecto un contrato… pero no es un contrato entre los vivos solamente, sino entre los vivos, los muertos y los que están por nacer”.

Así, una sociedad no es solo el resultado de la voluntad presente, sino el fruto de generaciones. Las instituciones, incluso imperfectas, contienen experiencia acumulada. Derribarlas sin comprender esa complejidad puede generar caos. El desarrollo posterior de la Revolución —especialmente el periodo del Terror— pareció confirmar, para muchos, sus advertencias.

En su lugar, aboga por un sistema de representación equilibrado, donde algunos estamentos actúen como contrapesos que encarnen los intereses y valores más elevados de la nación. El modelo británico, basado en el equilibrio entre tradición y cambio, se presenta como la alternativa a la volatilidad del nuevo orden francés.

No era inmovilismo: era reforma con prudencia

A veces se presenta a Burke como el fundador del conservadurismo moderno. Y en parte lo es. Pero su conservadurismo no era una defensa ciega de que nada cambie. De hecho, Burke apoyó reformas, defendió libertades concretas y denunció abusos del poder.

Uno de los ejemplos más claros fue su impulso al proceso contra Warren Hastings, gobernador británico en la India, a quien acusaba de corrupción y de gobierno arbitrario. Burke dedicó años a este asunto. Incluso lideró el impeachment contra Hastings en el Parlamento británico, en uno de los juicios políticos más largos y relevantes del siglo XVIII. Su acusación no se basaba solo en irregularidades administrativas. Lo que estaba en juego era algo mayor: saber si el Imperio británico podía actuar sin límites morales en los territorios coloniales. Para Burke, de ningún modo podía ni debería hacerlo, ya que la distancia geográfica no anulaba la responsabilidad ética. En uno de sus discursos sostuvo que el imperio no era una licencia para la explotación, sino una responsabilidad que obligaba aún más al autocontrol.

El mismo pensador que criticaba las revoluciones por destruir el orden, denunciaba también los abusos cometidos en nombre de ese orden. Defendía, así, un poder limitado por la ley, la tradición y la moral. Porque cuando el poder se desliga de cualquier límite, termina corrompiéndose. Y eso vale tanto para revolucionarios como para imperios. Su idea central no era “conservar por conservar”, sino reformar con prudencia. Cambiar, sí. Pero sin destruir aquello que sostiene la cohesión social.

“La prudencia no solo es la primera de las virtudes políticas y morales, sino la que las dirige y regula”.

Una advertencia contra la arrogancia ideológica

En el fondo, Burke desconfiaba de la política convertida en ideología rígida. Le preocupaban los líderes que creen poseer una teoría perfecta para organizar la sociedad y que están dispuestos a imponerla sin tener en cuenta la complejidad humana. Se le atribuye una frase muy repetida:

“Lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”.

Aunque la formulación exacta no aparece así en sus textos, resume bien su visión moral: la política exige responsabilidad, y eso significa que no basta con criticar; hay que actuar cuando el poder se desborda.

¿Burke sigue siendo actual?

Hace más de dos siglos, Edmund Burke planteó una cuestión que no ha desaparecido: ¿se puede cambiar una sociedad sin destruirla? En cada época surgen movimientos que prometen hacerlo, empezar de nuevo. A veces lo hacen en nombre de la igualdad, otras en nombre de la nación, del progreso o de la justicia social. Burke nos invita a desconfiar de los proyectos que ignoran la experiencia histórica y social.

Y sí, su mensaje no es emocionante ni épico. No promete refundaciones ni revoluciones permanentes. Propone algo más aburrido: paciencia, continuidad y respeto por la complejidad. En tiempos de polarización, su pensamiento recuerda que la política no es una batalla entre el bien absoluto y el mal absoluto. Ni de demolerlo todo, sino, más bien, que hay que hacer un ejercicio constante de equilibrio.

Sigo sin tener ni idea de si tenía razón o no, pero me parecía interesante que conociérais esa mirada.


Otras personas citadas en esta sección, en anteriores posts: Stefan Zweig, Edward Bernays, Hannah Arendt, Umberto Eco y Hélène Carrère d’Encausse.


Política Creativa es una iniciativa de Xavier Peytibi (ideas y recomendaciones) y de Juan Víctor Izquierdo (tecnología). Puedes leer todos los contenidos en www.politicacreativa.com

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