RUTH CARRASCO
Este verano he estado de viaje en Senegal y Gambia persiguiendo el rastro de la esclavitud y he aprendido (y desaprendido que es otra manera de aprender) un montón de cosas. Algunas están muy conectadas a mis obsesiones sobre el discurso, sus mecanismos y herramientas.
Durante mis viajes me gusta leer novelas o ensayos sobre el país que visito, sobre todo, busco autores y autoras del sitio o escritores que escriban en el contexto que quiero descubrir.
Uno de los lugares que hemos visitado siguiendo “las huella de la esclavitud” es “Kunta Kinte Island” y Juffureh, su aldea en Gambia. La figura de Kunta Kinte es conocida, sabía que era un esclavo, aunque no mucho más y entonces llegué a “Raíces”.
La historia de “Raíces” (Roots) es una de las más influyentes del siglo XX y cambió para siempre la forma en que millones de personas entendieron la esclavitud.
Para mi ha sido el novelón de este verano y os lo recomiendo vivamente. Ha sido un acompañamiento perfecto y el mejor complemento del viaje y del descubrimiento sobre la trata transatlántica de esclavos.
La historia de Alex Haley (el escritor) y sus ancestros
Alex Haley nació en 1921 en Estados Unidos. Desde niño escuchaba a su abuela contar que su familia descendía de un africano llamado Kunta Kinte, capturado en Gambia y llevado como esclavo a América.
Su vida es realmente interesante. Comenzó su faceta periodista entrevistando a Miles Davis, Martin Luther King, Muhammad Ali e incluso, al líder del Partido Nazi americano, George Lincoln Rockwell. Este accedió a ser entrevistado después de que Haley, en conversación telefónica, le asegurara que no se publicaría. Durante la entrevista Rockwell colocó un revólver en la mesa. Un negro entrevistando al nazi mayor del reino yanki, no digáis que el tipo no es interesante. Su primer libro fue la biografía de Malcolm X, en 1965. En 1976, Haley publicó Roots: la saga de una familia americana. Una novela basada en la historia de su familia.
Haley era ya periodista y escritor cuando decidió perseguir en serio las historias de su abuela. Según él mismo contaba, fue una prima anciana, Georgia, quien lo empujó a continuar la investigación con una frase que lo marcó: le dijo que su abuela y todos los suyos “están ahí arriba mirando”, así que tenía que hacer lo que tenía que hacer. Eso lo lanzó a una investigación de más de una década por archivos, registros de barcos y, finalmente, Gambia. En Juffure, una pequeña aldea, conoció a un griot.
Un griot es un narrador tradicional mandinga que conserva las memorias de las familias generación trás generación. Es un oficio hereditario, es una casta y un linaje y ese arte de la memoria se entrena rigurosamente desde la infancia. Son guardianas institucionales de la historia y de las genealogías.
Este griot en Gambia le contó a Haley la historia de un jóven llamado Kunta Kinte, del pueblo de Juffure, capturado mientras buscaba madera en el bosque de su aldea. Ese era el tipo de historia que le había contado su abuelo.
La novela vendió millones de ejemplares y un año después se convirtió en una serie de televisión que cambió el curso de la vida de millones de estadounidenses.
Roots, la serie
El 30 de enero de 1977 casi 100 millones de personas se reunieron para ver el final de Roots, la serie que durante 8 noches seguidas tuvo en vilo a gran parte de los EEUU.
Se emitió en ABC del 23 al 30 de enero de 1977 y promedió un rating de 44.9 con un share de audiencia del 66%. La noche final la vio el 51.1% de los hogares con Nielsen, lo que en su momento la convirtió en la producción más vista de la historia de la televisión. En total, un 85% de todos los hogares con televisor en EE.UU vio al menos parte de la miniserie de doce horas. Recibió 37 nominaciones al Emmy y ganó nueve, además de un Globo de Oro.
Imaginaros las noches de calles vacías y familias unidas frente al televisor viendo la historia de Kunta Kinte y 5 generaciones de descendientes. Viendo la historia de EEUU desde la perspectiva de las personas esclavizadas. Imagínate la audiencia del hombre llegando a la luna o de la Superbowl. Algo así fué Roots ese 30 de enero de 1977.
Una serie que fue un terremoto cultural
Roots fue un fenómeno cultural que cambió la conversación. Consiguió que millones de personas empezaran a investigar sus raíces africanas y despertó un enorme interés por la historia de la esclavitud. La genealogía (el estudio de los antepasados) aumentó considerablemente y esto se comprueba porque los Archivos Nacionales de EE.UU. registraron un aumento del 60% en investigadores usando registros genealógicos inmediatamente después de la emisión, y el número de usuarios afroamericanos casi se triplicó ese año. Las sociedades genealógicas pasaron de unas 400 a más de 4.000 en las décadas siguientes. La gente se preguntaba de dónde venía.
Impulsó que millones de personas negras hablarán del pasado y lo hicieran en voz alta, después de tanto tiempo en silencio.
Impulsó un reconocimiento, la dureza, la crudeza, la injusticia sobre lo que significó la trata de esclavos con una historia personal interpelaba a todos. No era un dato. Kunta Kinte tenía una historia previa antes de ser sometido a la esclavitud.
Fué una conmoción que impulsó debates nacionales sobre esclavitud y racismo.
El nombre como acto de resistencia
La serie, como artefacto cultural actúo mostrando algo a todos que estaba dentro de la intimidad. Estaba dentro del silencio de las familias.Estaba en la memoria, pero no estaba narrado al gran público.
Uno de los momentos más famosos de Roots es cuando obligan a Kunta Kinte a llamarse Toby. Él responde una y otra vez: “Me llamo Kunta Kinte.”
Ese gesto tiene un enorme significado. En la esclavitud, cambiar el nombre era borrar la identidad: la lengua, la religión, la familia y el lugar de origen. Negarse a aceptar el nuevo nombre era una forma de resistencia, aunque costara terribles castigos.
Ahí está el verdadero orgullo de identidad que representa Kunta Kinte: no en haber vencido, porque no venció, siguió siendo esclavo el resto de su vida, sino en haber conservado la certeza de quién era. Por eso, muchas personas afrodescendientes ven en Kunta Kinte un símbolo de la lucha por conservar la propia identidad. Es una escena poderosa, de orgullo de identidad.
Hasta la publicación de Roots, la historia de la esclavitud solía contarse desde el punto de vista de los comerciantes, los barcos o las plantaciones. El público estadounidense podía elegir entre la nostalgia edulcorada de Lo que el viento se llevó que trató a los esclavos como sirvientes relativamente felices y leales, una representación que seguía reflejando la sociedad segregada de la época (esclavitud como decorado bonito), o el sensacionalismo de explotación de Mandingo (esclavitud como pornografía de la violencia).
No existía un precedente de esclavitud contada como drama familiar íntimo, en horario de máxima audiencia, dirigido a todos los públicos, con personajes negros como protagonistas absolutos de su propia historia.
La ficción como impulso político
Esa escena duele: sientes un nudo, la rabia de la injusticia, pero sobre todo la admiración por la dignidad de Kunta Kinte en ese acto. Imagino a cientos de personas con muchísima rabia, con lágrimas en los ojos. Imagino a familias blancas avergonzadas, preguntándose cómo fue aquello posible.
Ahí está la diferencia entre una ley y una escena. Una ley es prosa burocrática, palabras administrativas, totalmente útil y necesaria porque impone las condiciones. Pero esa escena es todo emoción, te cala en los huesos. No hace falta que te expliquen que eso está mal: estás sintiendo que está mal. Y esto no es exclusivo de EEUU ni de Roots.
En España le ha sucedido a miles de familias, cuando abuelas y abuelos relataban las penurias de la Guerra Civil y mantenían vivas las historias de personas brutal e injustamente asesinadas, encarceladas o exiliadas. Historias contadas a susurros, que las familias hicieron perdurar para que hoy podamos tener un relato más plural de los momentos más oscuros de nuestro país, que el que los vencedores de la guerra quisieron imponer.
No pudieron borrarlo: quedó en esas conversaciones dichas con miedo y en voz baja, en las pistas que dejaron y que, con la llegada de la democracia, permitieron por fin investigar y contar lo que antes solo se susurraba.
Esa es la fuerza real de la cultura frente a la política: no necesita ganar una votación para instalarse en nuestra memoria.
La cultura puede usarse para redimir o para manipular. Para el bien o para el mal. Roots hizo lo primero, pero no todos los relatos que nos remueven por dentro lo hacen.
Ruth Carrasco (@rutenca) es experta en comunicación, marketing digital y análisis del discurso, con una amplia trayectoria en política y gestión pública. Fue diputada en el Parlamento de Cantabria, concejala en Santander y directora general del Instituto de la Juventud de España (INJUVE). Actualmente combina la docencia y el asesoramiento con la divulgación sobre comunicación, narrativas políticas, polarización y construcción de relatos, temas sobre los que escribe en su newsletter Anatomía del discurso.
La imagen de portada es del remake de la serie, de 2016.
Política Creativa es una iniciativa de Xavier Peytibi (ideas y recomendaciones) y de Juan Víctor Izquierdo (programación), creadores de la plataforma Beers&Politics y muchos otros proyectos compol. Puedes leer todos los contenidos de la newsletter en www.politicacreativa.com
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Extraordinario artículo sobre el poder del storytelling, felicidades Ruth!
Fue una de las primeras series que me impactaron, imagino que por qué tenía 10 años cuando se emitió por primera vez en España. Buen artículo, felicidades.